Miercoles, 6 de Enero de 2010 a las 1:13
EL ACLARADO Juanqui y Ricky, dos elegidos
José Carlos Sorribes
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Las imágenes del segundo cuarto del partido del Barça en Bilbao, en su primer pulso del 2010, son para el recuerdo, para haberlas grabado y saborearlas de vez en cuando. O para enseñarlas a los jóvenes que empiezan a jugar. O para explicar que es eso del talento cuando se habla de baloncesto. Imágenes que tienen como grandes protagonistas a
Juan Carlos Navarro y
Ricard Rubio, Juanqui y Ricky. Dos diamantes del baloncesto. Dos elegidos. Verles en acción, verles cómo conectan, cómo se entienden, es una maravilla que no tiene precio. Ni el que tuvo que pagar el pasado verano para reclutar al joven talento de El Masnou y ponerlo a lado de otro talento, este al sur de BCN, de Sant Feliu de Llobregat.
Porque cuando se habla de talento para el baloncesto hay que referirse a jugadores como ellos. A hombres que actúan por instinto. A jóvenes que han nacido para el baloncesto y a los que muy pocas cosas se les pueden enseñar. Y eso que no tienen un físico único como el de
Pau Gasol, otro que tal. Los dos apenas rebasan el 1,90 (aunque no esté nada mal para un base como
Ricky) y son más bien escuálidos, de aquellos que sufren al chocar con esas moles que les ponen en forma de bloqueos. Pero los dos entienden el baloncesto. Una cualidad que no abunda. Hacen honor a esa frase que muchas veces repiten los entrenadores
. “Tal o cual jugador conoce este juego”.
Navarro tiene una virtud ya conocida y que han repetido hasta la saciedad la gente que le ha visto crecer y madurar en el Palau:
“Ve el aro como una piscina y tiene una velocidad endiablada, con ese primer paso que deja atrás a cualquiera”. Y lo hace fácil, muy fácil, tanto que ni él mismo suele dar importancia a sus intrépidas acciones o a esos triples que tira con el convencimiento de que van a entrar. Siempre. Le sale todo de forma natural. Eso es talento.
Además, en la plena madurez de sus 29 años, tiene al lado a un clon de apenas 19.
Ricky es oro puro. No es un jugador en formación. No. Es un base único que tiene todavía un impresionante margen de progresión. Ya lo demuestra en las últimas semanas cuando cierra las bocas que ponían en cuestión su pobre lanzamiento exterior. Así lo hizo en Bilbao, por ejemplo.
Txus Vidorreta, el entrenador vasco, situó en ese segundo cuarto una zona de cuatro hombres y un marcaje individual a Navarro. Primer ataque del Barça contra ese dispositivo: triple de
Ricky desde 7 metros. Sin despeinarse. Eso es talento y espíritu. ¿Quién podía dudar de que el base iba a trabajar para solucionar una de sus pocas lagunas? Nunca tirará como
Jasikevicius, ¿o sí?, pero nadie puede darle ya un metro de distancia.
Si
Navarro ve el aro como una piscina,
Ricky juega a baloncesto como si lo hiciera con sus amigos en el 3 contra 3 que se organiza cada año en su pueblo. Y así da un pase por la espalda o bota el balón entre sus piernas como quien respira o va a comprar el pan. Y otra cosa: siempre pone el balón en el sitio adecuado. Eso es lo que se espera de un director de juego.
Nunca se le agradecerá lo suficiente a
Joan Creus el paso al frente que dio para fichar a
Rubio ni al club el esfuerzo económico que hizo para ficharle. El propio
Ricky ha de ser el primer agradecido. ¿Qué se le había perdido en Minnesota? Jugar en el segundo peor equipo de la NBA, con solo 7 victorias en 35 partidos. Ahora está en el Barça, donde solo ha perdido un partido oficial este año, donde va a pelear por todos los títulos, y donde ha encontrado un socio impagable como
Navarro. El Barça era su destino natural. Por ahora.