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Martes, 22 de Diciembre de 2009 a las 9:46
Tras contribuir, de forma decisiva, a la victoria del Barça en la Copa ASOBAL
Barrufet suma casi 80 títulos


EMILIO PÉREZ DE ROZAS
 David Barrufet
 Foto: ep

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David Barrufet (Barcelona, 1970), más de dos décadas jugando a balonmano a tope, 280 veces internacional, mejor portero del mundo en el 2001 y 2002, ganador de siete Copas de Europa, once Ligas, dos Recopas, nueve Copas del Rey, cinco Copas ASOBAL y un montón de títulos hasta alcanzar, casi, los 80 cetros («puede que este, más o menos, en los 75 o 76 títulos»), heredero de aquellos míticos porteros que se llamaron Perramón, Pagoaga o Rico, llegó ayer a su casa con su último trofeo bajo el brazo y el primero que le salió al paso fue su hijo Ian, de cinco años, que, ante la mirada atónita de su hermana Noa, de ocho, le soltó a su padre el siguiente saludo antes de besarle: «Papa, ¿per què vas fer el mico?»
Barrufet, como todos sus compañeros, claro, empezó a saltar como un poseso nada más recibir la Copa ASOBAL y a su hijo le pareció aquello algo demasiado circense al tratarse de todo un hombretón. «Le dije que estaba tan contento como él cuando va al cole», cuenta Barrufet entre carcajadas. «Fue una final apasionante, pese a los árbitros, que nos castigaron, incomprensiblemente, con 14 expulsiones por cuatro del Ciudad Real. Excesivo».

Machacándose de niño
Barrufet, que ayer se fue de vacaciones a Laponia, vive al día, disfruta al minuto y se entrena con la misma pasión que lo hacía, hace 25 años, en el patio del SAFA (Sagrada Familia de Horta) cuando, de vez en cuando, se le acercaba el entrenador de baloncesto y le decía que se pasase al basket. «Jamás harás nada en esto del balonmano». Y suerte, decía ayer el gigantón azulgrana, que no se pasó al baloncesto.
Este hombre hace mucho tiempo que dejó de contar los títulos. Y no porque los acumulase con enorme facilidad, no, sino porque la única manera de seguir sumando es olvidarse de lo ganado y centrarse en la siguiente conquista. «Puede que suene a topicazo pero lo importante en esta vida es tener ilusión y no solo para entrenarte, tarea muy dura cuando tienes 39 años, sino para mantenerte vivo y, sobre todo, sentirte útil. Por eso me hizo tanto, tantísima ilusión que, en la privacidad del vestuario de Córdoba, lejos de las cámaras y el público, mis compañeros me manteasen. Ese sí es un gran reconocimiento ¿verdad?»
Verdad, sí, sobre todo porque es la prueba de que tus compañeros, que se pasan el día llamándole abuelo con admiración, aún le consideran imprescindible para mantenerse en la cima. «Yo soy el primero en saber que ya no soy el portero títular», afirma Barrufet. «Pero eso no quiere decir que no me vacie en cada entrenamiento, en cada partido. He de estar a tope el día, el minuto, que el equipo me necesite y, en ese instante, como ocurrió en domingo en Córdoba, sacar partido de mi experiencia».

Un punto suicida
Barrufet, que asegura no tener los reflejos de hace 20 años «ni los necesito», reconoce ese punto suicida de todo portero de balonmano. «Ni nos duelen los golpes ni nos salen morados. Ya no notamos nada. Experimentamos un gran placer en que la pelota se estrelle en nuestro cuerpo a 130 kilómetros por hora. Si te da en la cara, amigo, es que no hemos tenido tiempo de apartarla». Barru asegura que los guardametas de balonmano tienen «algo de masoquistas, sí, un puntito».
No lo dice, pero se diría que está pensando en dejarlo. Y nada mejor que retirarse siendo uno de los mejores, de los históricos. Eso sí, antes le apetecería hacer un par de veces más el mico. Y llegar a casa y que Ian se lo recrimine antes de dar un salto y subirse a su espalda.


 
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