Viernes, 9 de Octubre de 2009 a las 9:18
En la presentación de un libro de Gabriel Masfurroll Sandro Rosell y Florentino Pérez se reencuentran
JOAN DOMÈNECH
PUBLICIDAD
Son amigos. O tienen una cordial relación si el término amistad pudiera ser excesivo para ambos. Pero no lo pareció. O no quisieron que lo pareciera, váyase a saber qué inconvenientes pudiera generarles. Y evitar la imagen de dos conocidos sonrientes que se reencuentran, la foto de confraternidad y aprecio es lo que trataron de evitar Sandro Rosell y Florentino Pérez, aspirante a la presidencia del Barça y presidente del Real Madrid.
Reunidos ambos en la presentación del libro de Gabriel Masfurroll, amigo de ambos, exvicepresidente azulgrana en el negro trienio de Joan Gaspart, y presidente y consejero delegado de USP Hospitales, Rosell y Florentino Pérez intentaron evitar la foto de ellos dos solos. Hablando en armonía de sus cosas: de fútbol, de negocios, de elecciones...
La única concesión
En realidad, esa foto fue la única concesión que hicieron. Lo único que no podían evitar, convocados como estaban todos los medios de comunicación al reclamo de la morbosa reunión del directivo del Barça que tenía mejores relaciones con el antiguo y actual presidente del Madrid cuando era la mano derecha de Joan Laporta en el breve periodo que va de las elecciones del 2003 y la dimisión de Rosell dos años después. Florentino ha vuelto, en puertas del adiós de Laporta, y Sandro está por volver, como candidato a la presidencia.
«Yo les he prometido que no voy a dejar que abran la boca», anunció Gabriel Masfurroll al final de su parlamento introductorio sobre el libro (
Cartas a Álex. A través de una vida) que ha escrito en recuerdo y homenaje al hijo que perdió hace 25 años. Y ninguno de los dos abrió la boca. Una estrategia cumplida a rajatabla. A pesar del enorme interés que suscitaban. A pesar de lo mucho que les habría gustado opinar sobre las numerosas cuitas de Laporta en el epílogo de su mandato. La foto y va que chuta. Pero siempre con alguien enmedio. O Gabriel Masfurroll padre, o Gabriel Masfurroll hijo. De pie en el escenario o en las butacas, donde el amigo común les homenajeó por su presencia llamándoles por sus motes fraternales:
Feliuinho –Rosell, por su apellido materno y por su pasado en Brasil– y
Floro, como abreviatura del nombre del señor Pérez.
Amigos y desconocidos
Pero antes y después se rehuyeron. Uno en cada esquina repartiendo saludos y abrazos. Con amigos y desconocidos. Florentino subió incluso a una de las habitaciones del Instituto Dexeus porque había un enfermo madridista que quería saludar al
Ser superior, como un día le nombró Emilio Butragueño, otro que también volvió al Madrid. Y en deferencia a él, que viajó expresamente desde Madrid, el exministro Josep Piqué pidió disculpas por hablar en catalán.
Con las muestras de simpatía y complicidad que se reprimieron mutuamente, Rosell y Pérez saludaron a personas a las que incluso se podría catalogar de enemigas o rivales. Culés felices por la marcha del equipo y, tal vez, por las desventuras de Laporta. Otros amigos de Masfurroll. Como Alejandro Echevarría, excuñado del presidente y que tanta controversia creó con su entrada y su salida en el Barça, al que Rosell saludó efusivamente; como Anton Parera, exgerente de Josep Lluís Núñez y colaborador, en la sombra, de la candidatura de Jaume Llauradó en el 2003, y ahora opositor; como Francesc Closa, exvicepresidente y cuñado de Gaspart; como Ángel Fernández, otro antiguo excandidato a la presidencia; o como Valero Rivera, efímero director general de las secciones que también se marchó con polémica de la
era Laporta.