Martes, 7 de Abril de 2009 a las 9:32
• Mientras 'Titi' se consolida en el Barça, la estrella del Bayern sueña con imitarle Henry y Ribéry, compañeros en la selección, dirimen mañana en la Champions su liderazgo en Francia
MARCOS LÓPEZ
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Franck Ribéry querría estar en el sitio que ocupa ahora mismo Thierry Henry. Y Henry, curiosamente, llegó a pensar que nunca estaría en el sitio que ocupa ahora, al lado de Messi y Etoo, ejerciendo de humilde, discreto y sobrio compañero, formando un tridente que da envidia a cualquier delantero. ¡Lo qué pagaría Ribéry por cambiarse mañana de camiseta! Por ser Henry por una noche y disfrutar del fútbol que genera el Barça.
En Múnich está bien, pero no es lo mismo. No por la grandeza del club (el Bayern tiene cuatro Copas de Europa y una leyenda en su escudo), pero Ribéry, imaginativo, genial en su juego, sabe que el Camp Nou sería el escenario ideal.
Ambos son franceses, y a falta de grandes equipos en su país, el choque entre Henry y Ribéry es el gran duelo. Franceses, pero distintos. Thierry es parisino. Nació en las calles de un modesto barrio de la capital. Franck nació en el norte, en Boulogne-sur-Mer, al borde del Canal de la Mancha. No fue nada fácil la vida para ninguno, pero a Ribéry le quedan pruebas en su rostro de que todo le salió mal, muy mal, desde el principio. Con 2 años, su padre tuvo un accidente de coche. Él salió catapultado contra los cristales y en su pómulo derecho están las huellas de ese dramático momento. Con el dinero que gana, podría haberse hecho la cirugía estética. Pero entonces no sería Ribéry. "No tengo por qué avergonzarme de las cicatrices", repite.
Fuerte personalidad
De ese accidente le quedaron dos apodos --
Quasimodo y
Scarface (cara cortada)-- que le han acompañado siempre. Mientras Henry crecía futbolísticamente en la pulcra academia del Mónaco, reclutado por Arsène Wenger, que lo hizo debutar en Primera con 16 años, Ribéry malvivía por los suburbios del fútbol francés. A la misma edad que
Titi (16), Franck era expulsado del centro de formación del Lille por su falta de interés por los estudios, transitando por clubs de segunda y hasta tercera fila: Boulogne-sur-Mer, Ales y Brest, hasta que el Metz se fijó en él.
El camino de Henry, tras la tortura italiana de la Juve, se dulcificó en Londres, donde se convirtió en una leyenda del Arsenal. Ribéry entró como un vendaval en la Liga francesa. En agosto del 2004, fue elegido mejor jugador del mes.
En enero del 2005, seis meses más tarde, y con apenas 22 años, se marchó al Galatasaray. ¿Por qué? Se enfadó con la directiva del Metz. Medio año más tarde, y al ver que en Estambul no le pagaban lo prometido, regresó a su país para triunfar en el Olympique de Marsella, el club más adecuado para desparramar su talento. Volcánico como él, apasionado y caliente. El mismo año (2007) en que Henry hacía las maletas para venir al Camp Nou, Ribéry se marchaba al Allianz Arena. ¿El precio? Casi idéntico. El Barça pagó 24 millones al Arsenal; el Bayern, 26 al Marsella. Y mañana se reencontrarán.
Un relevo próximo
Llegará un día, y cada vez está más cercano, en que Franck
jubile a Henry de la selección francesa. A
Titi la irresistible ascensión de Benzema le va condenando a la banda izquierda. Y el mejor hogar táctico de Ribéry es ese.
"Nunca baja la cabeza, intenta una y otra vez la jugada hasta que le sale", explica el azulgrana de su compatriota, un francés que se convirtió al islam en el 2002 porque su mujer, Wahiba Belhami, es de origen argelino. Desde entonces, su nombre musulmán es Bilal, aunque nada le ha cambiado con el balón en los pies. Él juega como vive. Sin miedo al fracaso, sin presión. Siempre sonriendo.
"Fatigado", eso sí, de que le hablen de su futuro, pero consciente de que debe irse de Múnich para alcanzar el reconocimiento que genera su fútbol genial.
Grandes equipos le quieren pese a ese carácter anárquico que le valió una reprimenda de Franz Beckenbauer, el presidente del Bayern, cuando a finales de enero, en un partido de Copa, falló un penalti
a lo Panenka ante el Stuttgart.
"Es evidente que Franck enriquece la Bundesliga --dijo el
Kaiser al diario francés
L'Équipe--
, pero tirar un penalti de esta manera es una provocación". Más que un penalti, fue casi un insulto a Panenka. El francés tiró por el centro y Lehmann ni se movió. La pelota, mansa y ridícula, cayó en sus manos.
Y es que Ribéry no deja indiferente a nadie. Ni dentro ni fuera del campo, donde no para de hacer bromas. En Dubái, durante la última estadía invernal, se llevó el autobús del equipo y cuando volvía al hotel para aparcar se llevó por delante un letrero. Mañana, Henry contra Ribéry. O Francia jugando contra Francia.