Domingo, 15 de Marzo de 2009 a las 10:37
LAS CONFESIONES DE UNO DE LOS GRANDES MITOS DEL DEPORTE ESPAÑOL Manel Estiarte: "He sido un privilegiado, pero la vida también me ha hecho llorar mucho"
JOAN DOMÈNECH / DAVID TORRAS
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Manel Estiarte posa en la Ciudat Esportiva del Barça. Foto: Jordi Cotrina
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Es uno de los mejores deportistas españoles de la historia. Seis Juegos Olímpicos, Premio Príncipe de Asturias y un sinfín de títulos y medallas. Bautizado como el Maradona del agua, Manel Estiarte ha removido los recuerdos en un libro que repasa los momentos más emotivos de su vida. Pero Todos mis hermanos no es el relato de una carrera admirable. Es un duro ejercicio de autocrítica que revela las emociones y los dramas que se esconden detrás del éxito. Una obra que toca la fibra.
--¿Cuál ha sido la motivación para escribir este libro?
--Darme cuenta mientras lo hacía de que me encontraba bien. La idea inicial no era hablar de mí, sino de cosas que tenía muy adentro y no había sacado nunca. Tampoco podía. Mi padre falleció el año pasado y mi madre sufre demencia senil. Ahora me sentía con fuerzas. Ya me habían pedido hace años que escribiera un libro, pero no me habían convencido ni me habían tocado la fibra. Estoy contento de haberlo hecho ahora.
--¿Era una necesidad?
--No, no era una necesidad. Cuando acepté aún tenía dudas, pero mientras hablaba con el editor, me iba abriendo y explicando mis límites, mis carencias, las experiencias buenas que he vivido, las malas, mis errores, mis aciertos, noté que me sentía cada vez mejor. Y notar que mi familia, mi hermano, mis sobrinos, agradecían y compartían lo que estaba haciendo también me ha ayudado.
--Entrelaza su vida privada con su vida pública, con la deportiva.
--Sí, se trataba de compaginar los valores humanos, lo aprendido de mis padres y mi hermano, la pérdida de mi hermana, con los deportivos: ganar el oro olímpico, perder un oro, el proceso que vivimos en el waterpolo tras la llegada de los madrileños a la selección. Ellos nos enseñaron la Biblia, la arrogancia, la chulería, y nosotros les enseñamos el Antiguo Testamento, el esfuerzo, el sacrificio. Y lo que podía haber sido una mezcla explosiva derivó en una comunión brutal. Ellos trabajaron como demonios y nosotros repartimos cuando tocaba. Todo tenía sentido en su conjunto. Del deportista Estiarte, máximo goleador, participante en seis Juegos, con mil y pico partidos, no hablaría ni gesticularía tanto ni estaría tan contento del libro.
--¿Se ha desnudado mucho?
--No me gusta esa palabra y lo que se dice desnudarse, sacar algo que tienes muy dentro, es lo de Rosa. Eso lo he vivido solo. Mi padre estaba a unos metros, mi madre a más, y el que estaba ahí, a un paso de ella, era yo. Saco las lágrimas de hace 23 años y me encanta, con la máxima serenidad.
--Es muy autocrítico.
--Por eso me siento bien. Cuando lo leyó mi mujer, me dijo que parecía un paquete como waterpolista. Lo que intento explicar es que sé que era bueno, pero ahora, con la perspectiva de los años, sé que también me faltaba algo. Quería explicarlo, aunque me daba miedo al principio. Me pasó el miedo porque di a leer un par de capítulos a mi hermano, a mis sobrinos, a Pep. Mis compañeros tuvieron que convivir en la época en que se hablaba mucho de Estiarte y poco de ellos, y en el libro proclamo que no, que es de justicia reconocer que fueron ellos, todos, los artífices de los éxitos.
--Confiesa que fue un egoísta.
--Sé que era buen jugador y buen compañero, pero me faltaba la excelencia: el altruismo. Dentro del agua era un animal. No aceptaba que uno no entendiera algo o que otro no me diera bien los balones. Había partidos que marcaba cinco goles, perdíamos, y no me producía un disgusto. Dejar de ser un egoísta fue un proceso. Seguramente influyó la llegada del seleccionador croata Dragan Matutinovic por lo mucho que nos hizo sufrir a todos. Empecé a jugar más para el equipo, volvía atrás, robaba balones y noté que los demás me lo agradecían.
--El pasaje del suicido de su hermana es durísimo. Se hace difícil leerlo y aguantar las lágrimas.
--Sí, porque para la gente parece que haya pasado ahora. Pero es un reconocimiento a mi hermana, a mi familia, la verdad de lo que hemos vivido. Es la vida, lo que aprendemos, lo que nos pasa. Aquellos que te vienen por la espalda al acabar un partido y te dicen: '¡Qué suerte has tenido!' Sí, pero no. Como todos. Como tú. Cada uno tiene sus cosas. Sí, tendré suerte, pero me he entrenado muchísimo, mañana, tarde y noche, me han dado muchas hostias, y mi hermana se ha matado delante de mis ojos. ¿Suerte? He sido un privilegiado, pero mi mundo no es el del Manel Estiarte waterpolista y la vida me ha hecho llorar mucho.
--Y lo cambiaría todo...
--Por cinco minutos con mi hermana. O que a mis hijas no les pase nunca nada. No soy una víctima, tampoco. He tenido una vida, tengo una vida, y me la he ganado, no me ha venido todo rodado desde Manresa, luego Barcelona, luego Italia, los títulos, los elogios...
--¿Cómo llegó al convencimiento de explicar ese episodio?
--Básicamente, encontrar a la persona adecuada. No quería hacerlo, tenía mis dudas y me encontré un tío que me lo sacó. Eso y otras cosas que no había contado nunca. Y me di cuenta que luego me sentí mejor. ¿Egoísta otra vez? Puede ser.
--Le habrá costado mucho.
--Sí, pero me lo dictó el corazón. Hablar de ella me enorgullece y me entristece mucho. Nunca hablamos de ella en casa durante más de 20 años, mientras mi padre vivió, porque sufría mucho. Y me gusta hablar de ella, como del equipo y lo que vivimos. La final que perdimos en Barcelona, ante nuestras familias, un deporte minoritario como el waterpolo que llega arriba de todo y después de tres prórrogas, zas, pierdes. Podría repetir lo que sentí desde el último tiro de Miki Oca, que da en el palo, hasta que salgo de la piscina. Un dolor tan grande... Iba todo tan bien y nos convertíamos en perdedores, sin saber que cuatro años después la ganaríamos.
--El relato de ese partido es terriblemente emotivo.
--Tenía las imágenes grabadas segundo a segundo. Pero no tanto del partido, que no he vuelto a ver nunca más, igual que la final que ganamos en Atlanta, sino de todos los instantes anteriores: el calentamiento, el árbitro, el pasillo, el color de las paredes del pasillo, la luz del túnel... Y el sonido de las chancletas, tan común, y en el que nunca había reparado porque siempre había ruido. El silencio de aquel día, el grito de uno de mis compañeros de que íbamos a ganar "a esos comepizzas de mierda". Y pensar: 'No, no'. Cuatro años después, fueron los croatas quienes quisieron intimidarnos y nosotros callamos. Y ganamos.
--¿Cómo traslada todo ese bagaje el Estiarte waterpolista al Barça?
--A la institución puedo aportar la experiencia de un deportista que ha ganado y ha perdido, y ahora lo veo todo con perspectiva. Si pierdes y has hecho todo lo que podías, como nosotros en Barcelona-92, qué vas a hacer. A Pep puedo aportarle protección y experiencia deportiva, anímica. Tengo 10 años más que él. Nada de técnica ni táctica, no es mi mundo. Los comentarios que en verano hacíamos dos amigo, ahora los hacemos como entrenador, él, y como amigo, yo.
--¿Y a los jugadores?
--Darles confianza. No puedo ir a contar batallitas diciéndoles que soy Manel Estiarte, que fui no sé qué. Son mentalidades diferentes, de países diferentes. Les he explicado y les he escrito que estoy de su lado, para lo que necesiten del club, del entrenador, de mí. Los catalanes los he sentido muy cerca desde el primer día, y los demás se van abriendo. Me han visto junto a Pep cada día, con el presidente codo a codo, con americana y corbata. Pero soy un deportista y si algo defenderé siempre es un vestuario. No puedo convencerles con palabras, sino con hechos.
"Me siento feliz y orgulloso de estar contigo. Desconozco si existen los ángeles y, en caso de que sea así, si sirven para algo. Mucho menos si existen los ángeles de la guarda. Pero, si existen, creo que tú eres uno de ellos".
Pep Guardiola (Prólogo del libro)
1. BARCELONA-92
"Me eché en brazos de mamá y lloré como cuando era pequeño"
"Estoy braceando para salir de la piscina y voy pensando: '¿Y ahora qué, Manel, y ahora qué? Has perdido'.
Otra vez se apoderó de mí el egoísmo y no fui capaz de pensar: 'Hemos perdido'. Y seguí con mis oscuros pensamientos: ¿Y qué vas a hacer? 'Nunca más volverás a tener una oportunidad como esta', en vez de: 'Nunca más volveremos a tener una oportunidad como esta'. (...)
Ahí están, esperándome como cuando yo salía de entrenar en la piscina, cuando tenía ocho años y era invierno en Manresa y salía con los cabellos mojados y hambriento, quería volver a casa, tenía frío. Están aquí como entonces, pero después de una final olímpica, con 18.000 personas alrededor. Hemos perdido y ellos están aquí, esperando a su hijo; supongo que tristes, pero esperando que su hijo se sienta bien. Mientras me acercaba entre las vallas de protección, mi corazón empezó a volver en sí, a rellenar aquel vacío de cansancio y falta de sentimientos, empezó a latir y, a medida que me aproximaba, latía más deprisa. Le di dos besos a mi mujer, otro a mi padre y finalmente me eché en brazos de mamá al tiempo que ella me decía, en plural: 'Lo habéis hecho muy bien, tienes que estar contento'. Era la frase que me había repetido a lo largo de la vida, tanto si había jugado bien como si no, ganara o perdiera, lloviera, nevara o hiciera sol; me daba un beso y me decía: 'Lo habéis hecho muy bien, tienes que estar contento'. Para ella no había diferencias; final olímpica o no, yo era su hijo, su hijo pequeño, y quería que me sintiera tranquilo.
Y cuando mamá me dijo de nuevo esas dos frases, bajé la cabeza y se me desataron de una vez todos los llantos; me daba lo mismo que la gente pudiera verme, lloré de verdad. (...) Lloraba como cuando era pequeño, porque era esto lo que entonces necesitaba: que me arroparan quienes más me querían".
2. ROSA
"Lo vi todo. El cielo, mi hermana volando y reventar. Enloquecí"
"Este don que tengo de ver en un instante y al detalle, en todo su colorido, en el waterpolo, todo lo que va a suceder a continuación, lo viví en aquel momento en blanco y negro. (...) Rosa corría y arranqué a correr detrás de ella. No 'me puse a correr', no 'empecé a correr', sino que arranqué a correr. Soy rápido, muy rápido, pero ella lo fue más y se metió en mi habitación, en la habitación de la derecha de las tres que están en el extremo del piso. ¿Por qué el destino, de tres puertas solo te lleva a aquella, la única en la que la puta ventana está abierta? ¿Por qué? En esta habitación se metió, y yo detrás de ella, gritando: 'Rosa, Rosa, Rosa...'. Me llevaba cuatro metros de ventaja.
Cuando entro en la habitación, mi hermana ya ha saltado encima de mi cama trampolín.
Y mi ventana, a dos palmos de la cama, estaba abierta porque el día era primaveral, y amable, y dulce. Y por esto desde entonces, cuando la primavera nos trae días dulces y amables, yo no estoy a gusto. No siento odio ni tristeza, simplemente no es para mí el día más bonito del mundo: no es el día de primavera que tanto os gusta a todos. Es un día en que yo..., vale, es porque pienso en ella.
Tengo grabado este momento, esta fotografía en la que yo veo el cielo y a ella que salta.
Porque ella saltó hacia arriba, saltó sin mirar atrás, simplemente saltó, y yo por poco voy tras ella, casi caigo por el impulso de protección, de desesperación, más que de protección. Desesperado, me tiré detrás de ella pero la cama me impidió alcanzarla; no la toqué, pero la sentí, acaricié el aire que removió al caer y olí el olor de su cuerpo que descendía acelerándose.
Vi cómo golpeaba el suelo. Yo he visto a mi hermana golpeando el suelo, reventar. Desde el alféizar de la ventana, con los ojos aterrados lo vi todo.
Vi el cielo, la vi a ella volando y reventar. Enloquecí."
3. JESÚS ROLLÁN
"¿Qué os ha pasado, Manel? Te quería tanto, te quería tanto"
"Tengo tantas cosas que decir de Jesús, y tantas se me quedaron sin decirle y me salen constantemente del corazón.
Después de Barcelona-92, Jesús tenía las rodillas destrozadas y tuvieron que operarle tres veces; los médicos anunciaron que no podría volver a jugar. Un portero de waterpolo necesita las piernas mucho más que un jugador. Y tenía las rodillas operadas, cicatrices por todas partes y permanecía en el hospital con las piernas elevadas y vendadas, y me decía: "Manel, yo volveré a jugar". Yo dudaba para mí de que pudiera volver a tener el privilegio de jugar con él, pero él no lo dudaba, él sabía que volvería a ser el mejor (...).
Pero tengo que pedirle perdón. El día de su funeral, porque a Jesús le hemos perdido, yo entré al tanatorio, en Madrid, con Chava y todo el equipo. Y cuando le vimos allí, descansando, Chava el primero y yo enseguida, nos hundimos. Él, de rodillas y llorando como un niño, y yo de pie, abrumado. Llegó su madre, se me acercó, me abrazó como lo hacen las madres, y me dijo al oído:
--¿Qué os ha pasado, Manel, qué os ha pasado? Te quería tanto, te quería tanto...
Y allí me derrumbe yo también, porque nuestro egoísmo, el mío y también el de Jesús, hizo que una vez que yo me había retirado, nos alejásemos. Los dos sabíamos que nos queríamos, que éramos amigos. Pensábamos que había tiempo para arreglar nuestros malentendidos. Pero no teníamos ese tiempo".