Martes, 11 de Noviembre de 2008 a las 10:48
• El extécnico del Barça jugó en Cornellà un partido benéfico y confesó que había acabado "agarrotado" Rijkaard disfruta entre amigos
JOSÉ MARÍA EXPÓSITO / EP
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Rijkaard, en plena acción, muestra su clase, anoche en Cornellà Foto: Jordi Cotrina
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Mientras en Madrid los dos grandes clubs de la capital se pelean por ver cuál necesita más a Frank Rijkaard, el técnico holandés disputaba anoche un partido benéfico en Cornellà de Llobregat. Ajeno a los rumores que le sitúan en la órbita del Madrid y del Atlético, el que fuera entrenador del Barça hasta la temporada pasada disfrutaba de una pachanga entre amigos cuyo fin era recaudar fondos para los niños más desfavorecidos de Brasil. Con el número ocho a la espalda, el que lució en aquel extraordinario Milan, Rijkaard dejó destellos de su clase sobre el césped medio en penumbra del campo del Fontsanta Fatjó.
Junto a él estaban un campeón del mundo, el brasileño Mazinho -el padre de Tiago, para los jóvenes- y Albert Roca, expreparador físico del Barça. ¿Cómo llegaron hasta ahí? Víctor César, un jugador de fútbol sala que ya había organizado varios partidos benéficos, quiso contar esta vez con todos aquellos amigos con los que comparte pachangas de fútbol-7 en La Pava, un centro deportivo de Gavà donde se reúnen amantes de fútbol. Todos aceptaron.
Gol de 'palomero'
"Ahora lo vives de otra manera, muy divertida y mucho más relajante", comentó Mazinho. Aunque Rijkaard se lo tomó en serio. De él fue el primer gol del partido (de
palomero) y con sus continuas carreras demostró estar en forma. De delantero, de central, de organizador, de extremo derecho y hasta de lateral zurdo jugó Rijkaard. Sylvinho, que presenció unos minutos, le vio correr
su banda. El holandés hizo de todo, hasta ordenar en dos ocasiones que se tirara la línea de fuera de juego. Acabó pidiendo el cambio, fundido.
"Estoy agarrotado. Mucho tiempo sin jugar", decía mientras se tocaba los gemelos en el banquillo, junto a su inseparable amigo Claudio.
Enfrente tenían a los veteranos del Fontsanta Fatjó. Un éxito de convocatoria, por cierto. La de jugadores reunidos y la de familiares que les acompañaron. A cuatro euritos por entrada, una gran ayuda. Algunos de los veteranos no se veían desde hacía más de una década.
"Los vestuarios los construyó mi padre", decía uno.
"Yo estuve en el equipo que subió a Segunda Regional", decía otro. La afición enloquecía cada vez que sus
viejas glorias encaraban a Rijkaard.
Acabado el partido, el acoso de la chiquillería. Rijkaard pudo escaparse por la puerta trasera, pero no quiso. Incluso, en su afán por no dejar a nadie sin saludar, casi besa el suelo. Desde que dejó el Barça, solo se le había visto en público en Los Ángeles, coincidiendo con el Barça de baloncesto. Así es la nueva vida de Rijkaard.