Martes, 21 de Octubre de 2008 a las 21:26
FALLECIMIENTO DE RICARD MAXENCHS, EXDIRECTOR DE COMUNICACIÓN DEL BARÇA 'Va por ti, Ricard'
EMILIO PÉREZ DE ROZAS
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El diccionario de la lengua dice que discreción es
“rectitud de juicio”. Ricard se ha ido con la discreción que vivió, con la sutileza con la que nos trató, con el sigilo que empleaba para cualquier cosa, fuese vital, importante, ruidosa o tonta, boba, insignificante. Se ha ido sin hacer ruido, sin decirnos que se iba, como cuando te confirmaba algo sin decirte que lo habías visto o hablado con él.
La verdad, la pura verdad, es que Ricard no fue jamás de los jamases un hombre dado a las exclusivas, ni siquiera a las filtraciones. Era, estuviese donde estuviese, un hombre de la casa, que trataba de hacerte la vida fácil, de ponerte buena cara incluso cuando él no estaba bien –por ejemplo, todos estos años que nos ha robado de apoyarle, de ayudarle, de
fer-li costat, como dicen los catalanes— y, sobre todo, su intención era siempre demostrarte que estaba allí para echarte una mano aunque, luego, te sirviese de poco a nivel informativo pero de mucho a nivel personal.
Ricard fue capaz de bailar con la más fea poniendo cara de pasodoble, de chotis, y de procurar que no se le notara que su acompañante no paraba de clavarle los tacones en el empeine. Porque él estaba allí para que sonase la música, para que todo el mundo lo tuviera todo a punto y pareciese que él no había tocado nada, ni puesto orden.
Ha habido y habrá jefes de prensa, relaciones públicas y eso tan pomposo que está ahora tan de moda y que se llama director de comunicación. Pero no habrá otro
Ricard Maxenchs, es más, estaba Maxenchs y diez más. Ese era el equipo del Barça habitualmente, estuviese quien estuviese de presidente. Si alguien piensa que nosotros incendiados una y mil veces el Barça, que piense que los fuegos hubiesen sido, no solo permanentes, sino peor que un tsunami de no haber existido Ricard. Él y solo él, por su amabilidad, por su sinceridad, por su profesionalidad, en una palabra por su señorio, era capaz de frenar algo que tú tenías ya escrito y casi publicado por el simple hecho de que o no toca o no es bueno para el club o, por favor, Emilio, que más te da dejarlo para otro momento en que estemos mejor.
Y ese momento, tal vez, nunca llegaba pero Ricard ya había hecho su trabajo. Cierto, jamás te dio una exclusiva, ni podía, ni quería, ni era su trabajo, pero tampoco jamás te la negó, te la ocultó, impidió que la publicaras.
Es verdad que solo hablamos bien de los desaparecidos, pero, tratándose de Ricard, tenemos la suerte de que todos, todos, todos, hemos hablado bien de él estando entre nosotros. Porque todos, todos, todos, sabemos lo mucho que ayudó al Barça y lo mucho que nos apreció a todos.
Ricard y nosotros sabíamos, sabemos, que ese cargo es como estar sentado en el crater de un volcán. Nunca sabes cuando va a estallar pero tienes el convencimiento de que, si no estalla por sí solo, porque le toca, estallará porque alguien, nosotros mismos, acudimos allí con una cisterna de gasolina y le prendemos fuego.
Ricard lo sabía y, cuando aparecían las llamas, él hacía ver que no las veía, y las apagaba extendiendo sus manos sobre nuestros textos, no sobre las llamas. Y aquello se convertía inmediatamente en cenizas. Tu texto, claro.
Yo no lo olvidaré. Allá ustedes si lo hacen.