Miercoles, 16 de Julio de 2008 a las 10:53
Ronaldinho, la antítesis del nuevo proyecto azulgrana
EMILIO Pérez de Rozas
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Lo veías, le dabas un repaso de arriba a abajo y pensabas, sí, mejor que se vaya. Lo veías vestido, casi disfrazado, de rapero (y no tengo nada contra ellos, todo lo contrario, una cosa es ser rapero y otra disfrazarse de rapero) y con todo ese oro colgando y pensabas, sí, vendámoslo cuanto antes. Lo veías llegar de mala gana, casi resistirse a visitar, a pisar, la ciudad, el club, el campo, la afición, que lo convirtió en mito (en el París Saint Germain no era nadie) y pensabas, sí, que lleguen a un acuerdo cuanto antes. ¿Con quién sea?
Bueno, con quien sea es otra cosa. El problema es que el Barça ya no era propietario del destino de
Ronaldinho. Entre otras razones porque lo fundamental para el club que aún preside
Laporta era sacarse de encima al jugador. Estuvieron apurando al máximo la negociación porque creyeron que era la mejor manera de desesperar a los hermanos
De Assis. Pero no lo lograron porque finalmente se fueron al club que ellos querían, al Milan, y no a Manchester, cuyo segundo club, el City, ofrecía tanto o más dinero al Barça e incluso al propio jugador. Es evidente que, al margen de tener la delicadeza (por todo lo que nos ha dado y representado) de pedirle opinión al jugador, lo cierto es que cabría la posibilidad de sospechar que algo le seguimos debiendo al club de
Berlusconi que, en su tiempo, nos endosó a
Dugarry, Reiziger, Bogarde y
Albertini.
Me imagino a
Guardiola abriendo la puerta de su despacho en el Camp Nou o acudiendo a la cita con Ronnie y observándolo de arriba a abajo con esa imagen de exfutbolista, de exmito, de exlíder, de ex-casi-todo. Y reforzando, sin duda, la tesis de que el proyecto que ha empezado a dar sus primeros pasos será o no será ganador, ya veremos, pero que desde luego no va a tener a tipos así como líderes, ni en el campo ni fuera de él. Y no es por despreciar al R10, ¡ni hablar!, pues ha dado enormes, grandiosos y maravillosos días de gloria al Barça. Es por demostrar que, también en eso, en la imagen, en la presencia, en la pulcritud de la plantilla, no debía figurar un jugador así ni tampoco, claro, un representante del glamour a lo
Beckham.
Es una pena, una auténtica pena, que la afición barcelonista, que reverenció al mejor de los
Ronaldinho, a un portentoso fuera de serie, haya asistido ahora, atónita pero harta, cansada, casi asqueada, al adiós de un futbolista que lo tuvo todo, absolutamente todo, desde condiciones a cariño para cambiar incluso el nombre del Camp Nou y terminar convenciendo a socios, compromisarios y aficionados de que lo mejor era que le cambiásemos el nombre al Camp Nou y lo rebautizáramos como
Estadio Ronaldinho.
Estuvo en su mano, sí, pero decidió darse a la buena vida. Peor para él. Y para nosotros, claro.