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  2 de Diciembre de 2008     Edición de las 12:54 h.  


 
Fútbol

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Lunes, 15 de Enero de 2007 a las 10:36
• La falta de gol y la facilidad con la que se descose el equipo frustran al técnico
Rijkaard intenta recomponer las fracturas del Barça


MARCOS LÓPEZ

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A Frank Rijkaard se le entiende más por los gestos que por las palabras. Si pega un puñetazo al banquillo es un signo de la frustración que le invadió el sábado en Montjuïc. Si, una vez acabado el partido, se queda esperando a sus jugadores, con gesto serio, para colarse el último en el vestuario es porque no quiere dejarlos solos en la derrota. Si después en la sala de prensa admite que hubo "mala organización" en el derbi, se está señalando a sí mismo. Si algo había tenido el Barça de Rijkaard era equilibrio. Pero lleva un mes y medio de pena (solo una victoria en cinco partidos de Liga), sin asustar a nadie (cinco goles en 42 días es una minucia), descosiéndose con tanta facilidad que resulta vulnerable. Se ha desequilibrado tanto que ha terminado por perder la cabeza.
Rijkaard, a su manera, intenta recomponer las fracturas de un equipo que se ha agrietado. En el cual se adivinan, curiosamente, los mismos defectos que se percibieron en agosto cuando fue humillado por el Sevilla en la final de la Supercopa de Europa. El primer equipo que le marcó tres goles al Barça. El segundo fue el Espanyol. Entre ambos varapalos han transcurrido cinco meses en los que el campeón no ha sido quien debía ser. Ya no presiona como antes, las líneas están distanciadas, no juega en campo del rival y todos le han pillado el truco.

COLECCIÓN DE ERRORES
En cada gol del Espanyol, hay una lección de lo que no debe hacer el Barcelona. En el primero, Puyol tuvo que hacer de lateral derecho siguiendo a Tamudo, mientras Belletti no estaba en su sitio. Ni Márquez tampoco para frenar a Luis García. En el segundo, Gio fue incapaz de contener a Sergio Sánchez y cuatro jugadores del Barça en el área (Edmilson, Márquez, Puyol y Belletti) permitieron que Tamudo rematara a placer al borde del área pequeña. En el tercero, con los azulgranas lanzados desesperadamente en busca del empate, tres jugadores del Espanyol (Luis García, Jonatas y Rufete, el autor del gol) llegaron al área ante un vendido Valdés, Gio y Oleguer. De todo eso habló ayer Rijkaard con Neeskens. Se pasó la mañana en La Masia charlando con su ayudante, el mismo que lo miró con cara de asombro cuando rompió el cristal del banquillo.

ENTRADA "CRIMINAL" A INIESTA
Pese a que la producción del Barça ha caído considerablemente (solo ha sumado seis puntos de los últimos 15 en juego, el 40%), los jugadores no se desesperan. "El equipo está lejos de su nivel", admitió Edmilson. Tampoco necesitó muchos datos para hacerlo. Viendo el rendimiento que ha ofrecido el equipo en el último mes y medio no hacía falta ni siquiera que lo reconociera. "Los jugadores somos buenos cuando se gana y cuando se pierde", recordó el brasileño. El problema es que el Barça se ha vuelto irreconocible porque ha perdido las señas de identidad que le habían llevado a la cumbre: presión defensiva, profundidad y, sobre todo, mantener la posesión del balón, con constantes llegadas al área. Pero eso ya no se ve. De sus cinco goles (no ha marcado más de uno por partido), tres han sido logrados de falta, otro detalle que revela el desequilibrio ofensivo del Barcelona.
En el camino ha perdido a dos piezas básicas (Etoo y Messi), pero Rijkaard no lo ha usado nunca como coartada. El sábado, tampoco. A pesar de que también le faltó Deco en Montjuïc. Y, además, a Iniesta lo cosieron a patadas, desconectándole del partido. "La entrada de Pandiani a Iniesta fue criminal. Mereció la tarjeta roja", gritó indignado Edmilson, mientras su compañero tenía que abandonar cojeando Montjuïc por culpa de un esguince de grado uno en el tobillo izquierdo. Aún tuvo suerte Iniesta. El Barça también cojea. Ha perdido el equilibrio y hasta Rijkaard da puñetazos.


 

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