Viernes, 22 de Diciembre de 2006 a las 11:01
• La estrella del Barça quiso demostrar una vez más quién es el mejor jugador del mundo la misma semana en que la FIFA ha coronado al central madridista Cannavaro en Zúrich La rabia de Ronaldinho
JORDI TIÓ
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| Foto: Jordi Cotrina
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Hace tan solo cuatro días contenía con rabia las lágrimas después de perder el Mundial de Clubs ante el Internacional de Porto Alegre en una final que nunca debió escaparse. Al día siguiente tuvo que aguantar en Zúrich que la FIFA le entregara a Fabio Cannavaro el galardón al mejor jugador del planeta en presencia de Zidane. Además, seguro que ya se ha enterado de que el sistema de votaciones utilizado por el organismo internacional ha levantado muchas suspicacias y da mucho que pensar, y bastante mal, por cierto. Y finalmente tuvo que morderse la lengua cuando vio el miércoles por televisión una pancarta en el Bernabéu que le recordaba que Cannavaro ya lleva dos trofeos este año, y él, ninguno. Aunque en Madrid más de uno tuvo la tentación de quitar el letrerito después de que el central italiano fuera ridiculizado por la delantera del Recreativo de Huelva. Por todo esto, anoche Ronaldinho volvió a marcar un gol de bandera y le recordó a todo el mundo que sigue siendo el mejor.
El astro brasileño pareció salir frío al estadio. La noche invitaba a ello y los presagios, con el Atlético de Madrid delante y el
Niño Torres arriba, no eran muy esperanzadores. Pero
Ronnie llevaba un malestar en el buche y tenía ganas de sacarlo. Llevaba días aplaudiendo a los demás, como a sus compatriotas del Inter y a Cannavaro. No podía entender que el italiano le birlara los dos trofeos que hasta hace muy poco eran solo suyos.
Aclamado de nuevo
Por eso, cuando en el minuto 40 de la primera parte colocó el balón ante la barrera atlética intuyó que era el momento de desquitarse. Y vaya si lo hizo. Dio los tres pasos hacia atrás, abrió sus arqueadas piernas, cogió carrerilla y clavó la pelota el balón en la portería de Leo Franco y por su ángulo corto. Entonces empezó a correr como un poseso para sacarse toda la rabia acumulada mientras el Camp Nou le aclamaba de nuevo. Y con razón: era su gol número 12 en 13 partidos de Liga, a parte de dos asistencias.
Solo unos minutos después, para redondear el trabajo, dio un pase de gol con el pecho a Gudjohnsen, pero el islandés falló lo que hubiera podido ser otro gol de museo, quizás porque no se esperaba un pase tan magistral. Es normal, en el Chelsea no estaba acostumbrado a estos asistencias magistrales. De hecho, nunca se imaginó que el fútbol pudiera jugarse de esta forma.
Lástima que al final la fiesta no fuera completa, pero estando el Atlético de Madrid por medio todo puede pasar, aunque el árbitro también puso su granito de arena. En la segunda parte el Barça acusó el cansancio acumulado en Japón, las horas de vuelo y el pesado
jet lag. Y Ronaldinho no fue la excepción. Pero el equipo lucho hasta el final ante un rival que venía fresco. Nada que ver con lo que se vio en el Bernabéu, donde los jugadores blancos se pasearon pensando en las vacaciones de Navidad y así terminaron, con otra pañolada.
En el Camp Nou todo fue distinto. Se empató, cierto, pero nadie pudo reprochar nada al equipo, que volverá a entrenarse el próximo 3 de enero. A diferencia de la capital, aquí todos podrán marcharse a comer el turrón con la conciencia tranquila.