Lunes, 18 de Diciembre de 2006 a las 10:34
• El Inter ganó a la italiana, con un gol en el minuto 82, a un Barça sin chispa Derrota sin fútbol y sin perdón
MARCOS LÓPEZ
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Un balón descolgado del cielo de Yokohama permitió a Iarley, la estrella de la final, el hombre que suplantó a Ronaldinho, iniciar la jugada de su vida y que sirvió para dar al Inter el gol que dejó al Barça sin corona mundial. Iarley, el exdelantero del Boca Juniors argentino, quebró la defensa azulgrana en un par de ocasiones antes de asistir a Adriano para que éste marcara el gol que echó al Barcelona de la cumbre. En un partido donde no hubo fútbol, el Inter no solo fue el más listo sino que también fue el más certero. Esperó, esperó y esperó hasta que derribó al campeón europeo.
Mal empezó la final para un despitado Barça y peor acabó, preguntándose qué demonios había sucedido en Yokohama. Pasado el primer cuarto de hora, no se había quitado de encima la presión del Internacional, que convirtió el césped de Yokohama en una trampa constante. Haciendo honor al origen italiano de su nombre, en recuerdo del Inter de Milan, los brasileños, perdón los gauchos, maniataron al campeón de Europa. Por las buenas y por las malas, intimidando desde el primer minuto, cerrando todos los circuitos del juego azulgrana, desconectando a Deco de Ronaldinho y a Ronaldinho de Gudjohnsen, secuestrando a Iniesta. No es que crearan demasiado peligro --todo se reducía a disparos lejanos desde fuera del área-, pero el Barça se creía que estaba cómodo. En pocas palabras, no era el Barça.
SIN ACIERTO
Rijkaard se levantó preocupado del banquillo. Hasta a Johan Neeskens, su ayudante, en una escena insólita, se le vio a pie de campo. Fue cuando la presión del Inter perdía fuerza --era humanamente imposible aguantar ese ritmo-- y Ronaldinho, cansado de la cárcel a la que le habían condenado Ceará --si se descuida se lo encuentra un día en su casa de Porto Alegre--, Wellington Monteiro y Edinho, huyó hacia el centro. Entonces, el Barça recuperó el control del partido, asustó con una doble ocasión de Gio y Ronaldinho, y
Guddy remató hasta en tres ocasiones, pero sin el acierto del jueves, contra el América.
Perdido el vigor inicial, el Inter llegaba tarde a los balones, soltaba la bota y enredaba el partido. O sea, lo convirtió en algo áspero, desagradable, mientras Abel Braga, el técnico brasileño, hablaba por el
walkie-talkie con un ayudante suyo, se enfadaba con el cuarto árbitro y jugaba su partido. Más que brasileños, parecían italianos. Y de los auténticos, nada de fotocopias malas. Decidieron que no habría partido. Y no lo hubo porque al Barça, sin la agresividad y la chispa que le caracteriza, se le veía más cansado que el jueves, como si le hubiera salido ayer, de forma repentina, el tan comentado
jet lag asiático.
Como pretendía el Inter, el no partido de fútbol se prolongó en la segunda mitad, con la súbita desaparición de Ronaldinho. Ni rastro del mejor en los últimos 45 minutos, ni rastro del Barcelona, a pesar de que Rijkaard recurrió a la fórmula de los tres pequeños con la entrada de Xavi para unirse a Iniesta y Deco, ni rastro del equipo seductor que había encandilado en la semifinal.
SIN TIEMPO A REACCIONAR
Ni siquiera que el Inter fuera perdiendo en el camino sus piezas más valiosas (primero se marchó exhausto el juvenil Pato y después terminó lesionado el capitán Fernandao) revitalizaron a los azulgranas. Sin sus dos estrellas, el equipo brasileño encontró, curiosamente, el escenario que más le gustaba. Parapetado aún más atrás, soportado por Clemer, aguardó su momento. Y llegó, por supuesto, dejando herido de muerte al Barça. Al final, sin margen de reacción, como los buenos equipos italianos.
A su estilo, con un contragolpe, magistralmente dirigido por Iarley, el delantero que desquició en el último cuarto de hora a Puyol y Márquez, mientras Belletti, el héroe de París, se resbalaba en el instante más inoportuno para que Adriano marcara el gol que le hace entrar en la historia de los
colorados, a pesar de que ayer iban de blanco. El Inter encontró el botín que esperaba, desnudando al Barcelona con la vieja arma de que si no tienes mucha técnica, pelea, presiona y corre más que el rival. Así fue, así le quitó al campeón de Europa la corona que soñaba. Además, sin coartada alguna porque no fue quien debía ser. Por tan sencilla razón, el Barça perdió el cetro mundial. Y sin perdón.