Domingo, 17 de Septiembre de 2006 a las 11:03
• El técnico destaca el trabajo de Neeskens, Eusebio y Unzué en el reparto de minutos de la plantilla Los ocho ojos de Rijkaard
MARCOS LÓPEZ
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Johan Neeskens Foto: Jordi Cotrina
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De vez en cuando, y casi siempre de forma sorprendente, Frank Rijkaard deja escapar algún tratado de su filosofía. Sirve igual para el fútbol como para la vida. Lo hace con naturalidad. Sin estridencias. Sin alzar la voz. Acaba de iniciar su cuarto año en el Camp Nou y no se le ha visto gritar nunca. Al menos, fuera del vestuario. Tal vez, dentro sí. Ayer, con la revolucionaria política de rotaciones que ha instaurado y que lleva camino de convertirse en la nueva moda de la temporada, Rijkaard decidió revelar algo de su manual futbolístico. Pero no habló de sí mismo, ni presumió de su método, ni se declaró inventor de nada. Eso jamás.
"Yo no gestiono solo", se apresuró a recordar Rijkaard cuando le preguntaron por los contínuos cambios que está implantando en el Barça. Dicho esto, introdujo un nuevo mensaje en su limitado discurso, él que casi nunca se sale del guión para no molestar. Aunque no se le escapa nada de lo que ocurre a su alrededor, le encanta dar la imagen de despistado. Hacer como que está ausente. Nada más lejos de la realidad. Por eso, necesita tener mucha gente a su lado, gente en la que confía ciegamente. Porque seis ojos (los de Neeskens, Eusebio y Unzué) ven mucho más que dos.
"No trabajo solo, no puedes convencer a nadie solo ni ganar nada solo", dijo recalcando el trabajo de sus colaboradores.
Miradas distintas
Cada uno de ellos, cada uno de sus ayudantes, tiene una mirada distinta. De la portería ni se preocupa Rijkaard. Sabe que Unzué lo controla todo: los nervios de Valdés y la paciencia franciscana de Jorquera. De la táctica siempre anda atento Eusebio, la voz que le susurra los más pequeños detalles, mientras Neeskens, recién llegado a la casa 27 años después de que se fuera, representa la mirada limpia. Frank, entretanto, lo observa todo desde la distancia, escucha, analiza, procesa y ejecuta.
"Siempre necesitas gente a tu lado que te ayude, que esté a tu nivel", explicó Rijkaard, que nunca quiso ponerse por delante de todos ellos.
Asume, eso sí, que trabaja en busca de una utopía. Las rotaciones persiguen un ideal que jamás alcanzarán:
"Nunca vas a conseguir que todo el mundo esté contento, pero sí debes intentar llegar lo más cerca posible", comentó el técnico azulgrana, ensalzando la labor de sus
otros yo porque
"siempre están trabajando, siempre están pensando". Tan asumido tiene Rijkaard ese rol que decidió lanzar un mensaje:
"Cuando hablamos de un entrenador, se puede poner un es
detrás. Somos entrenadores. Trabajamos juntos".
En una época en que el técnico es el jefe, el dueño de todo, el pilar sobre el que se sostienen clubs como el Madrid, con Fabio Capello, o el Chelsea, con Jose Mourinho, Rijkaard escoge otro camino. Huye del protagonismo y, si pudiera, hasta de las portadas. No le apasiona.
"No me gusta mucho que digan que estoy gestionando la plantilla. No, yo no gestiono solo", repitió, de nuevo, para que calara su discurso, obsesionado, tal vez, en demostrar que su papel no resulta, al final, tan importante como parece. Ni siquiera en época de bonanzas y de éxitos, tras haber conquistado dos Ligas consecutivas y una Champions. Otro, en su lugar, estaría en las nubes, paseándose sin vértigo por el éxito. Pero Rijkaard no es de esos entrenadores.
"Tengo suerte con la plantilla, tengo suerte de trabajar con mucha gente de confianza, tengo suerte de tener buenos jugadores", afirmó.
Tal vez, lo de Rijkaard, como sostiene él, sea solo
"suerte", pese a que resulta obvio que no lo es. Aunque desde que Cruyff se marchó, perdón, desde que Núñez le echó de mala manera en 1996, ningún entrenador ha estado tanto tiempo como Rijkaard en esa silla eléctrica del Camp Nou.
"Seguimos así, con humildad. Lo único que podemos hacer es agradecer que podemos trabajar y nada más".