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Domingo, 2 de Julio de 2006 a las 3:11
• "Nadie puede estar contento con nuestro partido", dijo Ronaldinho
La vergüenza del siglo


MARCOS LÓPEZ

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Sábado 1 de julio del 2006. Fecha de defunción del jogo bonito en Fráncfort (Alemania). Carlos Alberto Parreira, aparentemente tranquilo, se echó ayer la chaqueta del chándal al hombro derecho, mientras Mario Zagallo caminaba detrás suyo lentamente, sepultado por el drama que se les viene encima. "Hemos cometido un error estúpido. El partido se ha decidido en una jugada a balón parado. Tonteamos en esa acción", se lamentó el técnico. Era tarde. El error no estuvo en que Roberto Carlos se estaba subiendo las medias en vez de marcar a Henry en la jugada del gol.
Detrás de esa "estupidez", usando el término de Parreira, se esconden muchas más. Para empezar, un técnico que nunca creyó realmente en lo que hacía. La presión popular le hizo jugar con un esquema ofensivo: el famoso e inútil cuadrado mágico. Ese cuadrado en el que las piezas nunca se complementaron. Se anularon entre ellas. "Nadie de nosotros puede estar contento con nuestro partido y nuestro rendimiento", admitió Ronaldinho, asumiendo que el equipo ha defraudado.

El poder de los veteranos
Parreira cedió, también, al poder de los veteranos cuando siguió confiando en Roberto Carlos y Cafú y en Emerson, a pesar de que la torcida se ilusionó con el triunfo sobre Japón. Entonces, jugaron los jóvenes. Después, regresaron los jefes. Tal vez, tras lo de anoche, no vuelvan nunca más a la selección.
El técnico, pese a todo, no dimitió ayer. Él, a diferencia de su colega argentino José Pekerman, no dio por cerrado ningún ciclo. Tal vez cambie de opinión cuando regrese a Brasil. "No estoy arrepentido de nada de lo que hice", aseguró Parreira, mientras aún se oían los gritos de la indignada afición por sus decisiones. Cambió el dibujo táctico en el partido decisivo. Sentó a Adriano, enterró al cuadrado, colocó a Juninho de centrocampista y puso a Ronaldinho como pareja de Ronaldo. Algo nunca visto en el Mundial ni antes. Improvisó en el peor día. La consecuencia fue un desenlace inesperado. "Siento un dolor inmenso", comentó el azulgrana, rebelándose ante las primeras críticas. "Brasil no decepciona nunca", dijo con orgullo.
Ni así. Ni así funcionó Brasil. ¿Por qué? Porque jamás tuvo un plan de juego. Tuvo excelentes jugadores, una generación irrepetible, pero mal puestos en el campo, sin una idea de fútbol. Viviendo, aunque resulte increíble, del portero. Agradecido a Dida y feliz porque Juan y Lúcio, los centrales, fueron de los mejores. Pelé, desde la tribuna, estaba indignado. Él siempre podrá decir que ya lo avisó. "Tengo un mal presentimiento", anunció O Rei antes del choque contra Francia. Después, el fútbol le dio la razón. "Esos errores no se pueden cometer", dijo Pelé refiriéndose a la estupidez de Roberto Carlos, sin citarle. La pelota, en una falta lateral lanzada por Zidane, llegó al pie derecho de Henry con tanta facilidad que Pelé se llenó de ira. Como 180 millones de brasileños. "Zidane fue mágico, pero ¿qué hacían esos tres ahí al lado mirando la jugada?", comentó O Rei sin entender tan infantil despiste. Ronaldo tampoco lo comprendía. Jamás conectó con Ronaldinho. Otro de los problemas de Brasil. Parreira ha disfrutado de la mayor colección de figuras de la historia contemporánea y puestos con la misma camiseta han parecido vulgares.

Desesperación
"Tenemos que pedir disculpas a la torcida. No fuimos una verdadera selección brasileña", admitió Kaká, otro que pareció ser una fotocopia en malo del jugador que asombra en el Milan. ¿Qué decir de Ronaldinho? Llegó para colocarse la corona de mejor jugador del Mundial y se marcha con las manos vacías, sin marcar un gol, destrozado anímicamente, tal vez incapaz de soportar tanta presión y añorando, por supuesto, el apacible ecosistema que le ha construido Frank Rijkaard en el Barça. En el Camp Nou sí tiene jugadores que le entienden y, sobre todo, un equipo que lo arropa de verdad.
Tras el desastre del siglo (Brasil había llegado a las tres últimas finales del Mundial y no era eliminada tan pronto desde Italia-90 cuando cayó ante Argentina en octavos), Parreira se ha quedado sin argumentos. Como Brasil. Acabado el partido, Henry fue a buscar a Ronaldinho. Quería su camiseta. Se la llevó. Zidane llamó a la puerta del vestuario para lograr la de Ronaldo. Pero éste se fue al control antidopaje. Porque hoy lo único que tiene valor es la camiseta. No los jugadores que la llevan. "Dimos lo máximo, pero no pudimos", reconoció Ronaldo. La impotencia, la mayor derrota de Brasil.



 
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