• Varios jugadores, encabezados por Ronaldinho, rompieron en llanto cuando entraron en el vestuario Lágrimas de campeones
JOAN DOMÈNECH
La rúa de los campeones Foto: Ferrán Nadeu
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Daba hasta impresión verles de esa guisa, tan irreconocibles, tan desconocidos, dando una imagen que nunca nadie había visto. No parecían ellos. Era inaudito ver al jugador más sonriente de la plantilla y al jugador más frío llorar como magdalenas. Había transcurrido ya mucho rato desde que el gol de Juliano Belletti les daba la Copa de Europa y del pitido final del árbitro que confirmaba la conquista. Ya habían tocado el trofeo y habían dado la vuelta de honor, aclamados por 21.000 aficionados.
Pero al llegar al vestuario se desplomaron. Sacaron entonces toda la tensión acumulada. El jugador más sonriente, el que nunca se enfada aunque cometa un error, sí, Ronaldinho, se sentó y se puso a llorar de forma desconsolada. Acababa de lograr uno de los objetivos que se había trazado al llegar a Europa, al aterrizar en el Barça.
En otro punto del vestuario, el más frío, uno de los más serios, sí, Larsson, soltó lágrimas a mansalva. También era su primera Copa de Europa, pero a la vez era la última. Era su despedida del Barça, de la primera línea internacional porque seguirá jugando en el Helsinborg sin otra pretensión que la de pasarlo bien, en una postrera etapa de descompresión futbolística antes de la retirada. "Ha sido lo más grande de mi carrera", confesó Larsson, crucial en su aparición al participar en los dos goles. Pero los dos estuvieron acompañados en su reacción lacrimógena mientras Etoo paseaba por el vestuario con la bandera de Camerún.
Lloró Valdés, uno de los héroes de la final; lloró Belletti, el autor del gol decisivo; lloró Gio van Bronckhorst, lloró Edmilson, lloró Iniesta, lloró Giuly, que había cargado a su hijo sobre los hombros, lloraron muchos jugadores de alegría por un triunfo largamente deseado y largamente sufrido. Porque nunca lo vieron cerca, porque lo que vieron era que se les escapaba a falta de un cuarto de hora para acabar el encuentro. Lloró Henk ten Cate, que sangraba abundamente por la nariz. No era por dolor, sino de alegría y de tristeza, a punto de despedirse del Barça para fichar por el Ajax.
Disgusto superado
El ayudante de Frank Rijkaard se le reventó una vena de la nariz y buscaba un doctor para que parara la hemorragia. No lo encontró. Estaban fuera del vestuario todos. Prefirieron quedarse fuera. No por nada; simplemente para evitarse el remojón, convencidos de que los futbolistas los meterían vestidos bajo las duchas, como todo aquel que entrara dentro. No iba a ser la primera vez. Tampoco se arriesgó Joan Laporta. A Carles Naval, el delegado, lo remojaron con generosidad con una botella de cava que prácticamente le vaciaron encima.
Sí se atrevieron a entrar Pasqual Maragall, el presidente de la Generalitat, y Joan Clos, el alcalde de Barcelona. Más de un jugador quiso meter a alguno de ellos bajo las duchas, pero faltó mayor determinación colectiva. No le faltaron ayer a Leo Messi, más sonriente que el día anterior, para emplazar a Joan Laporta a que se reuniera con la plantilla en el avión de regreso. El extremo argentino había asimilado ya el disgusto de haber quedado excluido de la lista de 18 convocados y, contento por haber engordado su palmarés con el último trofeo que caza Larsson, tomó el micrófono del avión. Le antecedió Edmilson. "Presi, suba al piso de arriba para arreglar el tema de las primas", bromeó el brasileño, aludiendo a la estancia que ocuparon los jugadores, en primera clase, del mismo Jumbo que les había trasladado a la gloria de París. Lo que bajó fue el trofeo, para que fuera fotografiado por familiares y aficionados.
"No más relojes"
Pocos instantes después, Messi volvió a reclamar a Laporta. "Acá andan pidiendo un coche, ya que no puede ser un piso", comentó el argentino, transmitiendo otra petición del colectivo: "No queremos más relojes". Sea cual sea el regalo que les haga el club por la Champions --los empleados recibirán una paga extra-- piso, coche y reloj podrán comprarse. El título europeo les reportará una prima de 12 millones de euros 2.000 millones de pesetas) a repartir, que se unen a los 12 ganados por la Liga.
El Barça tomó el avión resacoso tras una larga noche. El club había preparado una fiesta en el Pavillon d'Armenonville, con bufet frío, copas y música que duró hasta las cuatro de la madrugada. El local estaba reservado desde hace 10 días, y había preparado un plan B en caso de derrota.
Trofeo en peligro
Acudieron los jugadores con familiares y amigos, empleados, invitados, como Jordi Pujol, el expresidente de la Generalitat, directivos y amigos de directivos. Casi unas mil personas. Al principio no se permitía la entrada a los niños. Muy pocos futbolistas aguantaron hasta el final, víctimas del agotamiento. Ronaldinho fue de los primeros en marcharse. El brasileño, gran conocedor de París y sus encantos, se retiró pronto para acudir a Montecristo, un restaurante de los Campos Elíseos.
A esas horas, la Copa de Europa ya estaba custodiada. Fue exhibida en el centro de la sala de fiestas hasta que los invitados se agolparon cada vez más para sacarse fotos con el trofeo, que corrió peligro. El jefe de seguridad del club la guardó en el autocar. Luego, la copa subió a la habitación 419 para pasar la primera noche azulgrana con la misma compañía que la de 1992: el delegado Carles Naval.