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  2 de Diciembre de 2008     Edición de las 12:54 h.  


 
Fútbol

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Martes, 16 de Mayo de 2006 a las 10:14
• Henry atribuye su éxito a la permanente insatisfacción y al deseo de mejorar que le inculcaron cuando era niño
Henry, una estrella forjada en la calle


JOAN DOMÈNECH

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Convendría no perder de vista que el Arsenal también tiene un Ronaldinho. Menos virtuoso, menos malabarista, menos espectacular y menos, mucho menos, sonriente. Se llama Thierry Daniel Henry. Ronaldinho es la locomotora que ha arrastrado al Barça desde las paradas de cercanías hasta París. Lo mismo puede decirse del delantero francés, el capitán que ha conducido al Arsenal a la primera final de la Copa de Europa de su historia.
Si los ingleses pueden sentirse preocupados por lo que pueda hacer el astro brasileño sobre el césped de Saint-Denis, también los azulgranas tendrán que estar muy pendientes de Henry, porque posee la misma capacidad decisoria que Ronaldinho. La influencia que ejerce el ariete del Arsenal se observa en los números: ha marcado 33 goles en los 44 partidos que ha disputado esta temporada.

Dos campeones mundiales
Hay algo que asemeja a las dos estrellas, más allá de que han sido campeones del mundo con sus selecciones. La similitud la traza Henry. "Aprendimos a jugar en la calle, y lo que aprendes en la calle no lo aprendes en la escuela. La calle endurece". Endurece porque ambos pasaron penurias y aprendieron a sacrificarse en la infancia. Ronaldinho perdió pronto a su padre. Henry creció en Les Ulis, un suburbio conflictivo del sur de París. Pero gozó de los consejos de su progenitor, Antoine, un caribeño de Guadalupe, y de su madre, Maryse, nativa de La Martinica.
"Siempre me dicen que juego con cara de enfadado. Todo procede de donde viví, aunque no me gusta hablar de la infancia porque cada uno tuvo la suya. Mi padre nos decía que nunca estuviéramos satisfechos con lo que teníamos", explica Henry, orgulloso de sus orígenes. "Lo he hablado con Campbell y Cole compañeros en el Arsenal y ellos piensan igual. También aprendieron en la calle. La educación que recibí se refleja en mi juego y seguramente gracias a esa mentalidad he llegado donde he llegado".
Y ha llegado lejos. Por su ambición, por su sacrificio y por su talento. Sería difícil precisar en qué proporciones. Su extraordinaria y reconocida velocidad es genética. Su tío fue campeón de Francia de los 400 metros vallas. El aprendizaje callejero se modeló en los pequeños clubs parisinos por los que pasó (Ulis, Palaiseau, Viry-Chatillon), y en la escuela de Clairefontaine, de la federación francesa, hasta que fue detectado por un cazatalentos del Mónaco que dirigía Arsène Wenger. Posiblemente el técnico, que desde entonces ha ejercido de padre, tutor, amigo y consejero, sea la única persona, a excepción de la familia, que sepa si Henry seguirá en Londres o fichará por el Barça, en el supuesto de que el jugador haya tomado la decisión. Y quizá por gratitud hacia él continúe en el Arsenal.
Wenger hizo debutar a Henry con el primer equipo del Mónaco 12 días después de que cumpliera 17 años. Luego le rescató de la Juventus en 1999 para llevárselo al Arsenal, al igual que hizo con Patrick Vieira, Nicolas Anelka y Emmanuel Petit, exdiscípulos suyos en el principado. "Wenger lanzó mi carrera en el Mónaco y la relanzó al quererme para el Arsenal". En Londres recuperó el "instinto goleador" extraviado en Italia (donde sólo permaneció seis meses), y en Inglaterra ha recopilado un buen palmarés colectivo (dos Ligas, tres Copas y dos Supercopas). Es ya el máximo realizador de la historia del Arsenal. Sin sonreír nunca después de cada tanto.

Cara de boxeador
"Mi expresión de enfado, de rabia, es por el deseo de ganar, por el compromiso con el equipo, y eso no hace daño a nadie. Un boxeador tiene que mostrar esa cara en el ring. Ronaldinho sonríe mucho, pero interiormente está serio", cuenta Henry, cuyo ídolo futbolístico era Marco van Basten. La referencia que sigue es Michael Jordan. "Soy un apasionado de la NBA y crecí con él. Metió la última canasta que le dio el último título y reaccionó con rabia, con el puño cerrado".
Esa actitud de extrema seriedad y concentración no se limita al terreno de juego. Es la misma "haya cámaras o no", aunque esté en la playa jugando un partido con amigos y familiares. "Me cabreo con mi hermano Willy, que es conductor de metro en París si nos marcan un gol y le doy a mi padre si quiere rematar contra mi equipo".
No existe el mundo perfecto para él. No lo será, aunque venza al Barça. Le fastidia que le pregunten sobre el club azulgrana en plenas especulaciones sobre su futuro. No tiene ningún inconveniente en hablar de la final. "Es un auténtico equipo. Estoy convencido de ello. Se vio cuando Etoo jugó de lateral para frenar a Cafú y defender el resultado", dijo con admiración. Le gustaría disfrutar de un partido entretenido, pero duda que lo sea. "Siempre que veía una final por la tele pensaba: ojalá estuviera allá. Pues ya estoy, y ahora solo pienso en ganarla".
Hoy, 28 años años después, el niño de las calles de Les Ulis vuelve a París para ganar la Copa de Europa y sacarse la espina que tiene en ese estadio, desde que allí conquistara el Mundial de 1998. Alternó la titularidad y la suplencia en los primeros seis partidos, pero siempre jugó. Hasta la final ante Brasil. Otra vez suplente. Con el 2-0, salió a calentar. Tenía todos los números para entrar en el campo. A los 21 años, iba a participar en el glorioso triunfo y el estallido de júbilo en el césped. Pero Aimé Jacquet eligió a Dugarry y frustró el remate a sus sueños. Mañana estarán Ronaldinho y el Barça para frustrarlos.



 

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