el entorno . com  -  Noticiario del Barça
  10 de Octubre de 2008     Edición de las 13:09 h.  


 
Fútbol

Ver noticias de frank_rijkaard
Jueves, 4 de Mayo de 2006 a las 11:12
• El entrenador, que estaba en paro, se consagra con dos Ligas en tres años y convierte al Barça en una referencia del fútbol mundial
Rijkaard, el éxito de la vía silenciosa


MARCOS LÓPEZ
 Rijkaard dialoga con sus hombres durante un entrenamiento
 Foto: Jordi Cotrina

PUBLICIDAD
Aquel conmovedor abrazo no era un abrazo. Aquel abrazo de Rijkaard a Messi cuando este abandonó roto el Camp Nou no era un simple abrazo, uno de tantos. El delantero argentino, de 18 años, estaba roto físicamente porque en la pierna derecha tenía un desgarro de cinco centímetros que no le ha dejado jugar desde aquel pasado 7 de marzo. Messi estaba roto anímicamente porque sentía que se le venía el mundo encima cuando tropezó, camino de los vestuarios, desolado como un niño que lo ha perdido todo, con Frank Rijkaard (43 años, tercera temporada en el Barça, dos Ligas y en la vigilia de una final de la Champions).
Entonces, Frank, disfrazado de padre --en ese instante cualquier parecido con un entrenador profesional era utópico-- acunó al niño ante casi 100.000 personas en el Camp Nou, teniendo por testigos a una audiencia planetaria en la televisión. No, Rijkaard no lo abrazó. No era el abrazo cómplice y auténtico de Ronaldinho antes de empezar los partidos con sus compañeros para transmitirles energía positiva. No era, por supuesto, el abrazo salvaje de Etoo cada vez que marca un gol. Nada de eso era. Rijkaard acunó a Messi, mientras deslizaba suavamente las manos sobre el cabello del niño en una escena que detuvo el tiempo durante unos segundos en el Camp Nou. El público se emocionó con tan tierna imagen, inusual en un estadio, aunque retrata mucho más a Rijkaard de lo que él pueda pensar. Ni siquiera imaginar.

Evolución constante
En ese abrazo se esconde uno de los secretos de un personaje misterioso --lleva tres años en Barcelona caminando sigilosamente--, del cual se desconoce casi todo. Se saben algunas cosas básicas. Que Rijkaard venía de la nada. Cuando llegó al Camp Nou, hacía un año que no entrenaba a ningún equipo y su última experiencia --había descendido a la Segunda División holandesa con el Sparta de Rotterdam-- invitaba a la depresión. Avalado por Cruyff, protegido por Laporta, ese abogado de Barcelona al que conoció en el cumpleaños de Ronald Koeman en el 2003 --"Frank me conquistó en una cena, tiene una humanidad increíble", recuerda el presidente azulgrana-- y ensalzado por Arrigo Sacchi, su viejo maestro en el Milan. Así aterrizó Rijkaard en el Barça. Con lo puesto, con una mano delante y otra detrás. Sin pedir siquiera jugadores, trabajando con lo que le dieron o lo que le dejaron en el Camp Nou.

De la nada a la cumbre
Ahora, casi tres años más tarde, Rijkaard se ha convertido, aunque él lo intente ocultar bajo ese manto de prudencia, en una referencia. En un técnico moderno, que se ha ganado la credibilidad sin pegar gritos. No existen imágenes de Rijkaard enfadado. Ni enfurecido. Viniendo de la nada, el entrenador holandés ha alcanzado la cumbre futbolística con un equipo que ni siquiera tiene su paternidad. No es del todo suyo, pero lo ha hecho todo suyo. Hay jugadores (Ronaldinho, Deco, Edmilson, Márquez) de Sandro Rosell, el exvicepresidente deportivo que se marchó porque no soportaba la convivencia con Laporta. Hay jugadores (Etoo, sobre todo), del presidente. Pero no se le atribuye ninguno a Rijkaard. Si acaso, Davids, la pieza que usó durante seis meses en su primer curso para reactivar un equipo que caminaba hacia el abismo, arrastrando, claro, a Rijkaard.
Salvado ese precipicio ("no era justo despedirlo en el primer año", explica siempre Laporta), el crecimiento del técnico ha sido espectacular. Desde aquel enero del 2004, el Barça no ha dejado de jugar bien a fútbol. Y cada vez mejor, perfeccionando el rendimiento. Pero la paternidad del equipo bicampeón de Liga tampoco le pertenece. Rijkaard es así. Estaba el dream team de Cruyff, el Barça de Van Gaal, pero pocos piensan, o defienden, que éste sea el Barça de Rijkaard. Es el Barça de Ronaldinho, el jugador que ha cambiado la historia reciente del club en tres años milagrosos. Girando a tal velocidad el círculo virtuoso que ha suplantado incluso la personalidad del arquitecto que ha diseñado los planes del éxito. No es el entrenador perfecto, eso es evidente.

Momento oportuno
Aunque, a veces, Rijkaard da la sensación de haber llegado en el momento oportuno al Barça. De que estaban hechos el uno para el otro. El club estaba harto de los gritos de Van Gaal. La afición, cansada de la vieja teoría futbolística de Charly Rexach, un personaje gastado en el barcelonismo porque llevaba 50 años alrededor del Camp Nou. Y los experimentos con Serra Ferrer y Antic eran eso, experimentos de un club que no sabía lo que quería. Llegó Rijkaard y, de pronto, superado el agobio inicial de seis meses caóticos, el Barça se encontró con todo un personaje. "Es muy buena persona". Eso se escuchaba en las entrañas del Camp Nou cuando alguien preguntaba por Rijkaard en los volcánicos meses del comienzo (allá por el 2003, con Laporta recién aterrizado en el palco).
Pero con ser buena persona no bastaba para levantar a un club que llevaba cinco años sin ganar nada. Poco a poco, el técnico impuso sus ideas --sin estridencias, sin gestos populistas, sin demagogia, oyendo a todos y no haciendo caso a nadie-- hasta conquistar el reconocimiento con una personalidad indescifrable. Y ahora, si se mira el juego del Barça y la actitud de los futbolistas en el campo, se descubre realmente el espíritu de Rijkaard. No es un equipo presuntuoso ni desprende tampoco un aire soberbio. No genera antipatía en nadie. Los aplausos, auténticos y sentidos, del Bernabéu a Ronaldinho es la prueba. ¿Quién puede enfadarse con Rijkaard, un tipo que por no molestar, no habla? ¿Quién puede enfadarse con Ronaldinho, alguien que no deja de sonreir, gane o pierda los partidos? Es, se mire por donde se mire, un equipo simpático, agradable de ver. Es el rostro de Rijkaard reflejado en un estilo de fútbol. Desde la portería al ataque, porque no se dan ejemplos de conjuntos tan equilibrados como este. Tiene al pichichi de la Liga (Etoo) y a uno de los guardametas menos batidos del torneo (Valdés). Alejado, por tanto, de las locuras tácticas de Cruyff, impregnado de un cuidado sentido táctico italiano (su paso por el Milan marcó a Rijkaard), dejando libertad a las estrellas, fomentando la imaginación brasileña y el apetito africano.
Un cóctel, discretamente mezclado por Rijkaard, que ha transformado al Barça en un acontecimiento porque ya nadie juega con tres delanteros. Ni con un liviano centrocampista (Iniesta) por delante de la defensa en muchos partidos, aunque la gran revolución de Rijkaard fue adelantar a Xavi unos 10 metros, colocándole al borde del área, adelantando a otro central (Edmilson) como pivote defensivo, tejiendo una red de seguridad para que se desplieguen luego hasta cinco jugadores con vocación ofensiva: Etoo, Ronaldinho, Messi, Deco y Xavi. O sea, la figura del cuatro (Milla, Guardiola, Celades y Xavi) dejó paso a Márquez y Edmilson (defensas reconvertidos) para construir un equipo armónico.

Un fútbol de emociones
Tan armónico como bello resulta el juego azulgrana cuando alcanza la plenitud. "El fútbol del Barça me ha producido muchas emociones", cuenta Sacchi, el entrenador que revolucionó el calcio en la década de los 80 con el Milan de Van Basten, Gullit y Rijkaard, claro. A su manera, también Rijkaard ha hecho una gran revolución. Desde la complicidad --no se le recuerda una discusión en público con un jugador ni tampoco con el club-- ha construido un clima agradable en el vestuario. Y en el palco. Antes, había entrenadores que creaban problemas, agitando al entorno.
Ahora hay uno --Rijkaard--, que los desactiva. Camuflado en ese aire ausente y despistado que le caracteriza. Como si no se enterara de nada de lo que genera el Barça. No se lo crean. Es una astuta trampa. Sabe todo lo que pasa a su alrededor. "Es más listo que los ratones", suelen decir los jugadores. Porque Rijkaard no está, ni se le ve, pero está y se le ve cuando se le tiene que ver.

En segundo plano
Manda él, pero escucha la voz ronca de Henk ten Cate. El único técnico que se trajo al Camp Nou para no sentirse solo, aunque tal vez lo abandone a final de temporada porque el Ajax le reclama. Escucha Rijkaard a Ten Cate y asiente. Mira a Eusebio Sacristán (la conciencia futbolística, la semilla del dream team) y le hace caso. Luego, oye a Juan Carlos Unzué (el técnico de porteros, la sombra de Valdés) y comparten confidencias. Ahí abajo, parapetado en un austero despacho del Camp Nou, habita Rijkaard desde hace casi tres años.
Cuando le preguntan por sus éxitos individuales (ha hecho más que Van Gaal en menos tiempo, incluso que Cruyff) mira hacia otro lado. Al técnico --¿es un técnico o un jugador disfrazado de entrenador?-- no le interesa presumir de palmarés. Él es así. Hace dos años y medio, cuando el Barça era un desastre universal, más cerca entonces del descenso que de los títulos, Rijkaard se hacía notar. Ahora, no lo busquen. Ni en las fotos ni en el campo. Tal vez sólo aparezca para hacer una nueva reverencia, como la del año pasado, a un Barça que es más suyo de lo que él piensa.



 

elentorno.com. © Copyright 2000-08, Todos los derechos reservados
Todas las marcas y logotipos son propiedad de sus respectivos dueños.