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  10 de Febrero de 2012     Edición de las 19:19 h.  

 

 
Fútbol

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Jueves, 4 de Mayo de 2006 a las 11:07
• Los azulgranas superaron un mal inicio de Liga y encadenaron 14 victorias consecutivas, una racha que les hizo inalcanzables para el Valencia y el Madrid
El Barça de los récords


MARCOS LÓPEZ
 Foto: Jordi Cotrina

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A veces un mal inicio provoca un final de ensueño. A veces. El Barça se ha paseado por la Liga con tal autoridad que ha ido batiendo registros (14 triunfos consecutivos, tres meses de película) que le han permitido olvidar un irregular comienzo. El sarampión del campeón, se le denominó entonces a esa enfermedad que atacó a los azulgranas allá por los meses de septiembre y octubre.
De vuelta a la rutina diaria, y tras haber conquistado la Liga 2005 con solvencia, el Barça aún embriagado de gloria, se encontró con un problema. Pensó que revalidaría el título ganaría con las manos en los bolsillos. Sólo enseñando el escudo de la camiseta. Intimidando al rival con su presencia. Pues, se equivocó. El campeón entró dormido en el torneo. Algo despistado, pendiente del papeleo de Messi, a quien el Alavés no permitía debutar en la Liga, completando unas siete jornadas iniciales indignas de su historia. No perdía mucho (un partido en esa mala racha), pero empataba demasiado (cuatro igualadas) y ganaba poco (sólo dos triunfos ante Mallorca y el Betis en Sevilla). O sea, 10 puntos de los primeros 21 en juego, ni siquiera el 50% de productividad.

Descartar a las estrellas
Inicialmente, la gente pensó que no era nada importante. Pero Rijkaard percibió inmediatamente que estaba en juego el título. Es cierto que se trataba de los dos primeros meses del curso, pero los síntomas de la enfermedad --el sarampión del campeón-- eran preocupantes. La primera medida quirúrgica adoptada por el técnico delataba su inquietud. No se había acabado septiembre (era el día 24) y Rijkaard, de una forma tan insólita como contundente, tomó el bisturí. Dejó en casa a Ronaldinho y Deco. Descanso para las estrellas, se alegó entonces. ¿Descanso? Si llevaban solo cuatro partidos de Liga (empate en Vitoria, victoria en casa sobre el Mallorca, derrota en el Calderón con el Atlético, pese a empezar el partido ganando, y empate en el Camp Nou con el Valencia).
A esas alturas de temporada, nadie podía estar cansado. Rijkaard, claro, lo sabía. Pero no estaba dando el domingo libre a los dos cracks del equipo (ni viajaron a Sevilla, ni se sentaron en el banquillo siquiera) sino que estaba enviando un mensaje a la plantilla. "Si ha dejado a estos en casa, imagínate con los demás. No podemos fallar, no podemos fallar", susurraban los jugadores, camino del Ruiz de Lopera, asombrados, como todos, por la magnitud de la decisión del entrenador. El Barça no falló. Goleó al Betis (1-4), con dos tantos de Etoo, que ejerció esa noche de figura a pesar de fallar un penalti, uno de Van Bommel y otro de Ezquerro, los dos únicos fichajes de un verano sin apenas caras nuevas.
Goleó sin las estrellas, con la versión B del equipo. En Sevilla, Rijkaard era consciente de que jugaba algo más que un partido. Apostó por Valdés en la portería, Belletti, Oleguer, Puyol y Sylvinho en la defensa, dejando un centro del campo para Edmilson, Xavi y Van Bommel, mientras el ataque lo integraban Giuly, Larsson y Etoo. Acabaron jugando ante el Betis Iniesta, Ezquerro y Maxi López. A partir de ahí, el Barça, y las estrellas, entendieron que si perdían los rasgos originales de su juego --presión en campo contrario, humildad, solidaridad entre las líneas-- no serían nada. Aquel 24 de septiembre, desapareció el sarampión, la enfermedad del campeón.

Hacia el bicampeonato
También es verdad que el Barça necesitó dos jornadas más (empate en casa con el Valencia y empate en Riazor con el Depor tras un juego maravilloso, ya con Ronaldinho y Deco en el campo) para abandonar los antibióticos. No había pasado ni un mes de Sevilla (22 de octubre) cuando el equipo de Rijkaard inició la carrera hacia el bicampeonato con su triunfo sobre el Osasuna, el punto de partida de una racha espectacular. No solo por las cifras que protagonizó (14 victorias consecutivas, 38 goles a favor y solo seis en contra, la exhibición del Bernabéu incluida) sino porque los rivales vieron que era imposible alcanzarle. Cada semana era una fiesta. El equipo jugaba de maravilla, los goles llegaban, Valdés era un espectador, Messi aparecía para completar un ataque que daba miedo solo recitarlo y las dudas que generó la grave lesión de Xavi quedaron disipadas inicialmente con Motta y después con la eclosión de Iniesta, un jugador del que ya nadie puede dudar. Ni la marcha de Etoo a la Copa de África modificó el espíritu del Barça, quien completó unos tres meses sensacionales, perdiendo de vista al Madrid y al Valencia.
Después de un invierno en el que cosechó un impresionante colchón de puntos (42 de los 42 posibles, el 100%), el Barça miró hacia Europa sin sentirse nunca amenazado, administrando en una cómoda primavera esa renta. Había corrido tanto el campeón que los demás parecían tortugas. Y así, en poco más de cuatro meses, ganó su segunda Liga.



 
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