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  9 de Enero de 2009     Edición de las 14:24 h.  


 
Fútbol

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Lunes, 1 de Mayo de 2006 a las 11:31
• El Barça debe esperar para ser campeón y los socios para saber si les toca una entrada
Paciencia obligada


DAVID TORRAS

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El Barça anda metido en una sala de espera, y ahí pasa el rato contando las horas y los días que faltan para salir de fiesta y pasear la Liga por las calles de Barcelona, y para ir después a la conquista de París en busca de la Champions, el título que lleva persiguiendo toda la vida. El Valencia salvó ayer el match ball, pero la pelota vuelve a estar en terreno azulgrana, a punto para que el miércoles, en Vigo, el Barça dé un smash imposible de devolver, como hace Rafael Nadal partido a partido.
Durante una horas, el Barça tuvo la Liga en la mano. Desde que Ronaldinho dejó otro gol para recordar ante el Cádiz y hasta que el Valencia puso al Alavés de Piterman más cerca de Segunda, el pozo donde ya ha caído el Málaga. Poco antes de las 17.30 horas, en el minuto 23 de partido, Baraja empezó a aguar una doble fiesta. La que se hubiera montado espontáneamente ayer mismo en Canaletes y la que el club tenía previsto organizar para hoy, con una rúa y el acto final en el Camp Nou. Pero el autobús descapotable que ya paseó a los campeones hace un año también anda esperando, impaciente por volver a salir a dar una vuelta cualquier día de estos.

Locura por París
Ahora todo está en manos del Barça. Si quiere, ya no necesita esperar para ser campeón. Con ocho puntos de ventaja y nueve en juego --al margen de los tres que faltan contra el Sevilla, que se disputarán el día 20--, un triunfo en Balaídos sería garantía de éxito. O eso o igualar lo que haga el Valencia en Mallorca. Derrota por derrota, empate por empate. Un paso menos ya no sería suficiente. Un triunfo del Valencia y un empate azulgrana dejaría las cosas en el aire ya que, con seis puntos de ventaja y seis por disputar, aún entraría en juego el goal average que los azulgranas tienen en contra.
A la espera del equipo se une otra para miles de culés, mucho más tensa, mucho más incierta y que, por desgracia, acabará con un disgusto para casi todos. Nada menos que 58.328 socios habían solicitado hasta las 20.00 horas de ayer una entrada para la final de la Champions a través de la web oficial. Siete veces más de las que dispone el club para este cupo --8.000--. Y seguirá aumentado hasta las nueve de la noche de hoy, cuando se cerrará el plazo. La suerte de todos ellos se decidirá mañana en un sorteo que dejará casi tantos descontentos como el de la lotería porque hay muy pocos premios a repartir.
Otros no tienen nada que esperar salvo que pasen los días y la temporada acabe cuanto antes. En blanco, pero que acabe. Así es como anda el Madrid. Cambian los entrenadores, cambian los presidentes, y el equipo es el mismo de siempre. Un desastre, por más que ayer ganara en Pamplona, y no perdiera de vista el gran objetivo galáctico: ser segundo.

Casillas, penalti y expulsión
El partido se decidió a los penaltis. Baptista marcó el que le pitaron generosamente y Casillas acabó con la racha de Puñal, que llevaba 17 marcados de forma consecutiva. Después de salvar un día más a los suyos, Casillas fue expulsado, un signo más de que ha sucumbido al caos que le rodea, como él mismo ha confesado: "El madridismo está perdido. Lo estoy hasta yo".
Mientras se encuentran o encuentran a quien les saque de este laberinto --por cierto, Ancelotti puso ayer el punto y final a la extraña relación que ha mantenido con el Madrid--, el Espanyol va encontrando punto a punto el camino de la salvación. El Zaragoza se quedó con las ganas de tomarse la revancha y el empate dejó a los pericos a cinco puntos del descenso, muy, muy, cerca de la salvación.



 

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