• Con su propio estilo, los protagonistas del éxito de ayer recordaron al equipo campeón de los años 90 Herederos del 'dream team'
MARCOS LÓPEZ
Edmilson se abraza a Valdés tras frinalizar el partido Foto: Jordi Cotrina
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Allí, en Dinamarca, en su casa, Michael Laudrup se sintió anoche feliz. En Estoril, en la casa que tiene alquilada en la costa de Lisboa, Ronald Koeman sonrió junto a Bartina, su esposa. En San Sebastián, con el agua al cuello, intentando evitar el descenso para la Real, José Mari Bakero ladeó complacido la cabeza. En Bilbao, Andoni Zubizarreta se sentía reconfortado consigo mismo porque Valdés, el joven en quien creía, no falló. En México, Pep Guardiola hablaba con sus amigos con la autoridad que le da haber acertado en un arriesgado pronóstico. "¿Ves este pequeño? Nos retirará a ti y a mí", dijo Pep a Xavi el primer día que vio a Iniesta entrar en el vestuario del Barça.
Un viaje por la memoria
El pequeño, años más tarde, ante un repleto Camp Nou, no quiso dejar mal a Guardiola. Ni tampoco a Laudrup, el elegante jugador rubio que admiraba Iniesta en aquellas largas noches de La Masia. El pequeño pudo anoche con todo el Milan, disfrazado de una sigilosa serpiente que deslizaba su veneno futbolístico. Como hacía Michael cuando miraba a un lado y daba el pase al otro. Como juega ahora Ronaldinho. Como tanto le gustaba a Txiki Begiristain, ahora convertido desde el despacho en uno de los arquitectos de los dignos herederos de aquel dream team.
Se parece el dream team al Barça del joga bonito. Se parece en muchas cosas y no se parece en otras. Uno es descendencia natural del otro --fue Cruyff quien apostó por el desconocido Rijkaard--, pero, en realidad, no son fotocopias. Aunque el Camp Nou se emocionó anoche cuando veía a Iniesta. El pequeño que tumbaba gigantes del Milan con un golpe de cintura, el balón --que se quedó, firmado por sus compañeros-- soldado a su bota, la vista en el horizonte y una elegancia que le emparentaba con Laudrup en un hermoso y apasionado viaje por la memoria culé. Una elegancia que le llevó a hacerle un caño a Gattuso y un sombrero a Shevchenko, pero que no estuvo reñida con la eficacia: 5 balones robados y sólo uno perdido.
Dos en uno
En San Siro, Iniesta se consagró a los ojos del mundo. No de Guardiola, ni de Xavi, el veterano, pese a su edad (25 años), que lo ha protegido de las críticas y de la presión. Una semana más tarde, en el Camp Nou, el pequeño se transformó, con una soberbia primera mitad, en dos jugadores. Hacía el trabajo de Deco. Y el suyo. Hacía de Deco, hacía de Iniesta. Hacía de todo. Robaba balones, repartía juego, conectaba con Ronaldinho, se asociaba con Etoo y encendía la luz cuando el partido se oscurecía.
Viéndolo jugar, el Camp Nou sintió que había retrocedido en el tiempo. Viendo a Márquez jugar con la astucia y, sobre todo, con la agresividad de Koeman, creyó que hay cosas que no se olvidan. Viendo a Ronaldinho disfrazarse de Laudrup y hasta de Romário, el público sintió que el Barça ha regresado al lugar que le corresponde. Tres años después, y con el dream team esparcido por el mundo, Rijkaard ha saldado su deuda con el maestro Johan. Con un equipo distinto, cierto, con un equipo que refleja el alma de Frank --equilibrado, maduro, elegante y con gotas de genialidad-- ha llegado hasta París. Si el 17 de mayo logra besar la Copa, igual coge Rijkaard la maleta y se va.