• Rijkaard no contesta a su colega y ensalza la "madurez" azulgrana Mourinho llora y amaga con ir al Camp Nou con el filial
JOAN DOMÈNECH
Messi en el suelo tras ser derribado por Del Horno en la jugada de la expulsión Foto: Jordi Cotrina
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A José Mourinho, arrogante y soberbio, como acostumbra siempre, se le conocían muchas facetas. Hasta anoche faltaba una por descubrir. No se sabía que él también llora. Tampoco se sabía que además de derramar lágrimas por la expulsión de Del Horno ("Messi ha hecho teatro, teatro de calidad", se quejó), iba a lanzar un desafío que no cumplirá. "Ya no podemos hacer nada, pero ¿vale ahora la pena ir a Barcelona? ¿Ésa es la cuestión? Ahora pensaremos si vamos con el B y me reservo así a los jugadores para la Premier y para la Copa de Inglaterra".
Estaba Mourinho, aunque no se le viera ninguna lágrima recorrer su rostro, llorando abiertamente. Desesperado, simplificando el partido y, tal vez, la eliminatoria en la expulsión de Del Horno. "El año pasado ganamos jugando 11 contra 11. Pero contra 10 es muy duro, muy difícil", repetía, una y otra vez, el entrenador del Chelsea. Frank Rijkaard, a lo suyo. Ni una réplica. Ni un reproche hacia Mourinho. Ni entrar en la guerra dialéctica. Eso sí, defendió a Messi. "Le han pegado patadas por todos lados, no es un jugador que haga teatro", afirmó el técnico del Barça, orgulloso de la "madurez" demostrada por el Barça, una de las claves de la victoria azulgrana. "No ha sido nuestro partido más atractivo, pero nuestra madurez fue muy buena".
Diga lo que diga Mourinho. Porque el Chelsea fue inferior con 11 jugadores. Y lo fue todavía más con 10 cuando Del Horno, sometido a una gran presión psicológica, desquiciado por no saber frenar a Messi, se ganó la expulsión. "Si digo algo del árbitro, estoy en apuros ante las autoridades", fue la coartada del entrenador del Chelsea. "Si juegas 10 contra 11 cuando no debes jugar, eso es lo que cambia todo".
A su manera, y a pesar de que fue despedido con aplausos por los periodistas ingleses, Mourinho sentía que tenía puesto el disfraz de perdedor. Por mucho que volviera a casa "orgulloso de los jugadores y del público". Esas palabras también llevaban lágrimas.