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  10 de Febrero de 2012     Edición de las 19:19 h.  

 

 
Fútbol

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Lunes, 21 de Noviembre de 2005 a las 10:00
• Rijkaard arengó a sus jugadores en el vestuario del Bernabéu en los minutos previos del partido para que se divirtieran sin renunciar al estilo ofensivo
"Salid a disfrutar"


MARCOS LÓPEZ / MARIO RUIZ
 El duelo Rijkaard y Luxemburgo se saludan poco antes de empezar el partido en el Bernabéu
 Foto: Jordi Cotrina

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El partido estaba ganado antes de empezar. Pero Frank Rijkaard, persona extremadamente prudente, misteriosa, de la que se sabe todo y, en realidad, no se conoce nada, lo tenía muy callado. Antes de pisar el Bernabéu, el técnico habló con Henk ten Cate, Eusebio Sacristán y Juan Carlos Unzué, sus ayudantes. Después, en el moderno vestuario del estadio blanco, habló al equipo. "¿Qué les dije a los jugadores? Nada, lo que digo siempre. Pocas cosas, que jugaran juntos, que hubiera equilibrio entre las líneas, que se comportasen como un equipo", decía Rijkaard a este diario, sin signo alguno de euforia en sus palabras. Ya de vuelta a casa, como si el 0-3 al Madrid no hubiera sido nada especial, nada del otro mundo.
Aunque antes de que el Barça corriera por la pradera de la Castellana, Rijkaard quiso decir algo especial: "¡A disfrutar! Salid a disfrutar". Sí, lo mismo. Prácticamente lo mismo que Johan Cruyff el 20 de mayo de 1992, entonces en Wembley, antes de la final de la Copa de Europa contra el Sampdoria. Una frase que devuelve al fútbol a su componente más antiguo. Es un juego y en los juegos toca divertirse. Así lo hizo el Barça. Poco antes de pronunciar esa frase, Rijkaard había recibido la hoja con la alineación del Madrid. Tras un rápido vistazo, pensó que el partido pintaba bien. Incluso antes de comenzar. Pero, discreto como acostumbra, Rijkaard no lo dijo a nadie. Uno de sus ayudantes fue algo más atrevido. "Nos viene bien este equipo. Mejor que jueguen así".
El Madrid, o sea, Vanderlei Luxemburgo, apeló a los nombres (Zidane, Ronaldo, Helguera, todos ellos recién salidos de lesiones) y a la camiseta. Quiso jugarle cara a cara al Barça. Y no podía, claro. Rijkaard, que tenía memorizado el partido en su disco duro desde hacía varios días, se frotó las manos. Además, añadió un factor sorpresa inesperado, sobre todo para el madridismo. Jugó Messi de titular. ¿Por qué? Muy sencillo. El Madrid, o sea, Roberto Carlos, esperaba encontrarse con la velocidad de Giuly y se topó con un descarado e insolente joven argentino que no entendía de jerarquías. Rijkaard, entretanto, era un hombre feliz. El niño no le había fallado. No necesitó el técnico ni un cuarto de hora para comprobarlo, ya que cada vez que Messi cogía el balón, destrozaba al veterano lateral zurdo brasileño. ¿Cómo? Muy fácil.

Balones a Messi
La orden era sencilla. Para empezar, balones a Messi. En 14 minutos y 40 segundos, el argentino era el hombre del partido. Recibió dos faltas (una de Raúl y otra de Sergio Ramos), recuperó dos pelotas, disparó una vez, centró en otra ocasión y dio la asistencia del gol a Etoo. Rijkaard, prudente él, sonreía feliz por dentro. Messi era estelar. Ronaldinho, entonces, dormitaba, dejando astutamente que Michel Salgado se desgastara.
Cada diagonal del delantero argentino era letal. ¿Por qué? Porque iba desde fuera hacia dentro, quebrando la cintura de Roberto Carlos, obligándole a defenderle con su pierna mala (la derecha), creando un cisma en cada aparición. "La elección de Messi no era un riesgo, era una seguridad", contaba luego tranquilo Eusebio Sacristán, uno de los ayudantes de Rijkaard. Jugar con Messi no era riesgo alguno. Con Giuly, tampoco, cierto, aunque la apuesta era distinta. "Hiciéramos lo que hiciéramos, el Barça tenía un equipazo", recordó Eusebio, con la voz ronca. Y no de gritar en el estadio. Ya la tenía así desde hacía días.
El joven argentino, mientras, a lo suyo. Seis faltas provocó en la primera parte. ¡Y tres fueron obra de Zidane! El maestro que se ve superado por el alumno, que no acusó la presión cuando dos horas y media antes del inicio, escuchó a Rijkaard pronunciar su nombre: "Arriba, Messi, Etoo y Ronaldinho".
La decisión estaba tomada desde hacía días. Faltaba saber si Messi volvía bien de Qatar. Y volvió bien, sin molestia alguna. "No me puse nervioso. ¿Para qué? Tenía que jugar como siempre", explicó el argentino en las escalerillas del avión, todavía en Barajas, arrastrando lentamente la bolsa de viaje, mientras el Ipod que tenía oculto en el bolsillo de su chándal le sumergía en la música cumbia de Cali, un grupo argentino al que adora. "Me hubiese gustado mucho marcar un gol. Tuve uno con la derecha, pero no definí bien. Tengo que mejorar ese aspecto", confesó a los periodistas de su país. Todo llegará. Con 18 años, y después de pedirle la camiseta a Roberto Carlos --bendita inocencia la suya, no sólo lo dejó en mal lugar, sino que luego se inclinó ante él--, Messi tiene tiempo para aprender. Pero, eso sí, le faltó el gol.

A la espalda de Salgado
Messi desgastó al Madrid en la primera parte, Ronaldinho lo destrozó en la segunda. Eusebio vio la primera desde el palco del Bernabéu. Y la segunda, en el vestuario delante de una televisión. Extraño, ¿verdad? Tan cerca del estadio y tan lejos, pero el delegado del Madrid no le dejó ponerse junto a Rijkaard, con quien cuchichea durante los partidos. Ven el fútbol de la misma manera. No se sabe quién se lo dijo a Ronaldinho. Perdón, no quieren decirlo. Pero da igual. Era algo obvio: "Buscamos la espalda de Michel Salgado, ellos van a salir fuertes en la segunda mitad. Hay que aprovechar eso. Balones rápidos a Ronnie".
Dicho y hecho. Dos balones a la espalda, dos golazos. Con ese aire ausente que a veces desprende Ronaldinho, el Madrid se confundió. Fue a buscar alocadamente al Barça, sin plan alguno, y se encontró con dos obras de arte. De nuevo, el campeón empleó el mismo argumento táctico. Un diestro jugando por la izquierda (Ronaldinho), un zurdo jugando por la derecha (Messi) y un nueve (Etoo) letal. Una combinación explosiva.

La tranquilidad de Rijkaard
Entonces, Rijkaard se pudo sentar tranquilo en el banquillo. El Barça disfrutaba, ofreciendo el mejor anuncio posible del fútbol moderno ante las televisiones de medio mundo. Tardó 71 minutos, sí ¡71 minutos!, en recibir Valdés el primer disparo del Madrid. De Ronaldo, desde fuera del área, y llegó tan lentamente a sus manos que al portero le daba tiempo casi de ir a por un café. "Esto sí que es un fútbol galáctico", confesaron algunos directivos blancos, amparados en el anonimato, para no herir a Florentino. "Oír al Bernabéu aplaudir al Barça es un momento único, histórico", dijo Txiki Begiristain, el secretario técnico azulgrana.
"¡Qué partidazo, qué partidazo. Uff!", suspiró Joan Laporta, liberado de la tensión del Bernabéu. Lo hacía el presidente en Barajas, mientras Rijkaard atendía a las emisoras de radio con un pitillo entre los labios. "Buen partido, míster", le decían. "Sí, no ha estado mal", respondía él. ¿Y Ronaldinho? ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba el extraterrestre? De vuelta a la tierra haciendo felices a los demás, firmando autógrafos, posando para las fotos, repartiendo sonrisas. Alguien le preguntó a Ronaldinho qué había hecho con la camiseta del partido. "Me la pidió Robinho y se la dí. ¿Si me da pena no tenerla? No, lo tengo todo guardado en mi memoria. Ah, eso sí, no volveré a jugar con las botas del Bernabéu. Ésas me las guardo".



 
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