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Fútbol

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Lunes, 31 de Octubre de 2005 a las 9:46
• El as brasileño marcó dos goles en una gran actuación, pero acabó poniendo mala cara cuando Rijkaard le sustituyó
El genio de Ronaldinho


DAVID TORRAS
 Foto: Jordi Cotrina

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Ronaldinho se lo estaba pasando bomba y, de repente, se le borró la sonrisa. Torció el gesto, puso mala cara y echó a andar con la cabeza gacha, como un condenado, como alguien que se siente traicionado. No quería marcharse de la fiesta que había montado en el Camp Nou. Entonces, miles de voces empezaron a corear su nombre, rendidas una vez más a quien hace dos años empezó a cambiar el curso de la historia del Barça. Ronaldinho se guardó la rabia y correspondió a esa muestra de cariño, repartiendo besos y golpeándose el corazón, como tantas veces ha hecho y como tantas veces volverá a hacer hasta quién sabe cuándo. Pero no regaló ni una sonrisa.
El mejor partido de Ronaldinho en mucho tiempo tuvo un mal final. Cuesta entenderlo. Pero las estrellas tienen estas cosas. A Rijkaard le dio por cambiarle, en una decisión comprensible, porque faltaban 20 minutos, el partido estaba decidido (3-0) y el brasileño ya había dado lo mejor de sí mismo. Dos goles y un recital de juego. Pero lo que podía ser un premio, un brindis con la afición, se convirtió en un problema. Ronaldinho quería seguir donde estaba y ver el 10, su número, iluminado en la banda, con Ezquerro esperando tanda, le revolvió el cuerpo y ni siquiera se esforzó en disimularlo.
Se fue entre aplausos, pero con mala cara, y entró en el banquillo sin mirar a Rijkaard y pegándole una patada a una botella. Quizá es que, después de aquel polémico descarte junto a Deco, nada es como antes. Quizá es sólo una rabieta pasajera, una pataleta por tener que irse a medio guateque futbolístico, que es lo que era el partido, con él como discjockey. Ronaldinho puso música y el Barça bailó y bailó como nunca, con una alegría que recordó los mejores días del campeón.
Antes de empezar, Ronaldinho ya ofreció signos de que no iba a ser una tarde cualquiera. Después de posar para la foto, el brasileño se acercó un momento al banquillo. Rijkaard le palmeó la mano, acompañado con un gesto de ánimo y un punto de rabia, algo así como si le dijera: "Vamos, Ronnie, vamos". Y Ronnie se fue a por el partido. Casi en el primer balón que tocó, le dejó un balón de gol a Etoo. Falló y, acto seguido, Ronaldinho corrió a por él. Una palmada, un gesto de ánimo, una sonrisa, algo así como si le dijera: "Vamos, Samuel, vamos, no pasa nada".

Eficacia en las faltas
Etoo no pudo ir más allá y se estrelló contra su propia ansiedad. Aún así, sigue siendo el pichichi de la Liga (nueve goles) y, en los malos momentos, ha sacado las castañas del fuego. Como Ronaldinho. Ayer, engordó su cuenta (seis, todos en las cinco últimas jornadas) con un disparo desde fuera del área y un lanzamiento de falta, que había provocado él mismo. Por una vez, la tiró por abajo (ha marcado 3 de 22 intentos), donde Riesgo no se la esperaba, y el Camp Nou se arrodilló para venerar a quien últimamente había quedado eclipsado por la apasionada relación que ha iniciado con Messi.
"He visto un gran Ronaldinho, un gran Xavi, un gran Van Bommel, un gran Iniesta...", dijo Rijkaard, sin querer centrar los elogios en el brasileño. Pero Ronaldinho es Ronaldinho. No hay otro como él. Cuando quiere.



 
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