• El portero de 23 años, formado en la cantera, se ha consolidado con actuaciones espectaculares, como la de Riazor Valdés, manos de toda confianza
MARCOS LÓPEZ
Foto: Jordi Cotrina
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Víctor Valdés (23 años, soltero, nacido el 14 de enero de 1982 en L'Hospitalet, muy cerca del Camp Nou), siempre es de los últimos en salir de La Masia, el campo en el que se entrena diariamente el Barça. Cuando sus compañeros ya se duchan, él sigue sometido a la tortura de Juan Carlos Unzué, el entrenador de porteros. A veces, aunque tenga fiesta, como sucedió ayer, acude voluntariamente a trabajar. Sin importarle haber sido el héroe de Riazor con una actuación sublime (tres paradas decisivas), sin detenerse a escuchar los elogios que recibe tras una espectacular temporada, Valdés camina con firmeza hacia el trofeo Ricardo Zamora que distingue al mejor portero de la Liga. Un título que ganó Andoni Zubizarreta, el último meta azulgrana que puede presumir de ese galardón, cuando Valdés tenía cinco años: en la campaña 1986-87. Hacía casi más de una década que el Barça no tenía unas manos tan fiables. Y, además, fabricadas en casa. Después de pelearse con todo aquel que se le ha cruzado en el camino --no le importó echarle un pulso a Van Gaal hace dos años y medio, ni recriminar a Cruyff que criticara al equipo hace un mes-- ha llegado a ser el dueño absoluto de la portería del Barça. En la vestimenta, Valdés es un portero antiguo. No usa colores estridentes en la camiseta --le encanta el negro, con el que se consagró hace casi un año en el Bernabéu, o el azul cielo que usó el sábado en A Coruña--, ni ha ido nunca con manga corta. Pero en su estilo, tanto bajo los palos como fuera, Valdés es muy moderno. Cambia de peinado con frecuencia y lleva un diminuto pendiente que le confiere un aire mediático y le hace objeto de culto femenino. "No hay que mirar sólo las estadísticas de las paradas de Víctor. No es eso lo más importante", explica Unzué, el hombre que le ha guiado en el tramo más complicado de su carrera, cuando toda la presión del Camp Nou reposaba sobre las espaldas de este joven. Valdés no sucumbió. "Él tiene algo muy bueno: evita las ocasiones antes de que lleguen", cuenta Unzué. Si por algo destaca el portero es por la excelente lectura que hace de los partidos. Entra en el campo hipermotivado, no se desconecta nunca y sabe controlar su volcánico carácter. Ahora sí. "Víctor trabaja mucho para no darle información previa al contrario. Se fía de su potente físico, pero trabaja de manera exhaustiva para no fiarse sólo de la intuición. Así, por ejemplo, ahora aguanta mucho al delantero", explica Unzué. Sólo así pueden explicarse las tres soberbias paradas que hizo en Riazor.
Reflejos y agilidad La primera, la potente falta rasa lanzada por Luque, demuestra varias cosas: colocación, reflejos y, sobre todo, manos que llevan litros de cola porque no se le escapó la pelota ni un solo milímetro. Víctor no repele; Víctor para. En la segunda, también a disparo de Luque, atrapó el balón en dos tiempos. En la tercera, en el mano a mano con Tristán, aguantó al máximo antes de doblar la rodilla y sacar con rapidez la mano izquierda para despejar la pelota. Su estadística en Riazor es impresionante: 10 intervenciones, seis centros blocados, con la tranquilidad que da al equipo en el juego aéreo, dos paradas a Luque y un despeje, el de Tristán. De Víctor, que ha encajado 16 goles en 28 jornadas, se sabe casi todo en el Barça. Tras una década de duro aprendizaje y ver desfilar a 13 porteros (Zubi, Busquets, Lopetegi, Angoy, Baía, Hesp, Arnau, Dutruel, Reina, Bonano, Enke, Jorquera y Rustu), el chico de L'Hospitalet se ha consagrado. Antes debió emigrar dos años (de los 10 a los 12) a Canarias. Unos ligeros problemas respiratorios de Águeda, su madre, obligaron a la familia Valdés a escoger un clima más cálido. Hasta que ese joven agresivo en el campo e introvertido fuera, huraño en ocasiones, volvió para quedarse en el Camp Nou. ¿Y qué es de Van Gaal, aquel técnico contra el que se rebeló? Está en el paro.