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  10 de Octubre de 2008     Edición de las 13:09 h.  


 
Fútbol

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Martes, 6 de Julio de 2004 a las 10:14
• Deco tuvo que emigrar de Brasil y pasar por la Segunda División portuguesa para salir del anonimato
El largo viaje de 'Maradoninha'


MARIO RUIZ / JOAN DOMÉNECH
 Foto: Joan Cortadellas

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De pequeño le llamaban Maradoninha. A él no le gustaba. Quería ser conocido como Deco. Pero era imposible. Sus compañeros del Bonfim, el primer club en el que jugó a los nueve años en Campinas, le veían hacer cosas tan increíbles con el balón y él era tan pequenino que no había otro apodo que le encajara mejor. Le fastidiaba, pero terminó aceptándolo.
Y es que su carrera no ha sido fácil. Ha estado rodeada, como todo jugador brasileño, de gloria, polémica, saudade, conflictos contractuales entre agentes y clubs y separaciones matrimoniales. Aunque ahora, que ha cumplido el objetivo de fichar por un grande de Europa, el Barça, lo ve todo de otra manera. Por eso nunca pierde la sonrisa. Así es Deco. Un tipo alegre.
Luis de Souza nació el 27 de agosto de 1977 en Sao Bernardo. Su padre, un apasionado del Corinthians, trabajaba en la Mercedes. Al principio todos le llamaban Dé. Ese nombre apenas le duró un año. Una tarde, en casa de sus tíos, jugaban con él y le hacían repetir, como siempre sucede con los críos, algunas palabras. Pero él no acertaba. Fue entonces cuando su tío le dijo: "Vocˆ é un Dé Cuzinho!". Una expresión brasileña que significa comerse las palabras. Y de la palabra Decu....zinho nació su apodo: Deco. El nombre que le ha acompañado toda su vida.
Deco siempre quiso ser futbolista. Lo tenía muy claro pese a que su padre solía repetirle un consejo: "Soñar de noche y trabajar de día". Buenas palabras las del señor Osías. Pero él prefería el balón. "En esa época me gustaba jugar descalzo en las calles de Indaiatuba, adonde nos mudamos cuando tenía tres años", cuenta Deco en su biografía, O preço da gloria (El precio de la gloria). Del Bonfim pasó al Guaraní. Su madre, Margareth, le acompañaba en autocar cada día hasta que le dio vergüenza y le pidió que dejara de hacerlo. Pésima decisión. A Deco le atracaron más de cinco veces las bandas callejeras, los trombadinhas. "Me lo robaron todo, las zapatillas, la tarjeta del autobús, la mochila y el dinero". Fue, sin embargo, una época feliz porque ganó todos los torneos.
A los 14 años tomó la primera gran decisión de su vida: trabajar en la Mercedes, como su padre, o jugar a fútbol. Ganó el balón. Pero aquello fue un tormento. Su cuerpo no se desarrollaba y terminó de suplente. Se deprimió tanto que dejó el equipo y entró a trabajar en la fábrica. Se pasó al fútbol sala y tardó dos años en volver a un campo de fútbol. Tenía 16 años y había conocido a su primera mujer Scylla. Y ya se había ganado la primera bronca de su padre por un incidente que nunca olvidará. Deco le pidió el coche para pasar un rato con su novia. Se fueron a un descampado cuando, de repente, apareció un policía. Él reaccionó rápido y tiró el preservativo al asiento de atrás. "No estamos haciendo nada", le dijo. Pero se olvidó de recoger el condón. Al día siguiente, cuando su familia iba a la iglesia, una de sus hermanas le dijo a su madre: "¡Mamá! ¿Qué es esto?". Meses después, Deco se compraba su primer coche: un Fiat 147, que empezó a conducir con 16 años sin tener aún carnet.
Deco se ganó un tirón de orejas similar el día en que descubrieron que llevaba un tatuaje en la espalda. Se lo había escondido durante un mes, pero algo le hizo sospechar a pai, como él le llama cariñosamente. Estaban a 40 grados, pero él no se quitaba la camiseta: "¿No llevarás un tatuaje debajo?" Acertó. Deco siempre ha admirado a su padre. Por eso le regaló la camiseta de su debut con Portugal contra Brasil el 29 de marzo del 2003. "Mi padreno suele dar las gracias, pero ese día sus ojos se bañaron en lágrimas. Eso me llenó de orgullo", recuerda Deco. Esa camiseta simboliza todo por lo que ha luchado. Del Guaraní pasó al Corinthians y de allí dio el salto, medio engañado, a Europa. Llegó para jugar en el Benfica y Graham Souness le envió al filial: al Alverca. A Segunda División. "No me gustan los brasileños, prefiero los ingleses en el centro del campo", le dijo. Cómo lloró esos días. Qué mal lo pasó. Pero ahí apareció una figura decisiva en su vida: el señor Antonio.
El dueño de la churrasquería Artur dos Frangos se convirtió, en su segundo padre: "Pasaba muchas horas aquí con los otros brasileños del equipo. Ésta fue su segunda casa. Todavía hoy, cuando viene a Lisboa, se acerca hasta Alverca para visitarme y para que le prepare los espaguetis a la boloñesa que tanto le gustan. Es un gran tipo. Se merece triunfar en el Barça".
Antonio es del Sporting, pero guarda como un tesoro una camiseta del Oporto firmada. "Un abrazo para mi mejor amigo, el señor Antonio, de su amigo Deco", se lee. Deco jugó dos años en Segunda. El Alverca logró el ascenso y llenó las 8.500 localidades cada semana. "Hicimos una gran barbacoa para celebrarlo. No faltó de nada, carne, sardinas,... Deco disfrutó mucho ese día", recuerda José García, el jardinero del campo. Isabel Pinho, una de las encargadas de la lavandería, tampoco se perdió la celebración. Adoraba a Deco. "Siempre estaba sambando. Siempre, aunque le fueran mal las cosas, te dedicaba una sonrisa. Es una persona muy alegre", recuerda.
Por eso todos lamentan que abandonara el club. Al igual que sucedió cuando llegó de Brasil, Deco se vio envuelto en otra turbia negociación entre clubs e intermediarios. En esta ocasión ya tenía a Jorge Mendes como agente, que diseñó una hábil estrategia para llevarlo un año al Salgueiros como puente hacia el Oporto, pese a que ya tenía ofertas del Deportivo y del Mónaco. La prensa habló incluso de rapto. "Era impresionante verle jugar. Tenía 20 años, pero mandaba como un veterano. Quedamos octavos", comenta Dito, su técnico en el Salgueiros. El estadio, en el centro de Oporto, ha sido derruido para construir el metro.
En Oporto nació su primer hijo, Joao Gabriel. Luego vendría Pedro Henrique y, después, la separación. Los dos viven ahora con su madre en Brasil. Es el gran drama de Deco. No ver crecer a sus hijos. "Nadie sabe todo lo que sufro al estar lejos de ellos" reconoce. El jugador vive con Jaciara, con la que tuvo una niña: Yasmin. En Oporto conoció la gloria. Ganó Ligas, copas portuguesas, la Copa de la UEFA contra el Celtic en Sevilla y, al fin, la Champions frente al Mónaco.
Fernando Santos, su primer entrenador, le enseñó a defender. A él le debe el sacrificio. Y Mourinho le concedió la libertad hasta el extremo de que la prensa acuñó el término Decodependencia cuando él no jugaba y el Oporto perdía. Deco recuerda una anécdota de esta etapa. "Jugamos contra el Lazio y, de repente, escucho por detrás que Simeone viene como un toro. Toqué el balón, se lo pasé por encima y él no pudo cazarme. Al momento vino y me dijo: "Hijo de puta, te voy a partir una pierna". Yo no le creí. Sólo era una amenaza. Al final, se acercó y me dijo: 'Deco, felicidades, eres un gran jugador'. Buen tipo este Simeone".
Deco aclaró sus sentimientos en Oporto. Le faltaban cuatro meses para cumplir los seis años necesarios para solicitar la nacionalidad portuguesa cuando le hablaron por primera vez de la posibilidad de jugar con Portugal. Siempre tuvo muy clara la decisión. Sus compañeros del Oporto le decía que era un "brasileño aportuguesado" desde un día en el que la plantilla celebraba un almuerzo.
Deco, Rui Correia y los portugueses del equipo querían comer cabrito. Y Jardel, Argel y los otros brasileños preferían una picanha --carne típica brasileña--. Al final el grupo se rompió y Deco acabó con los portugueses. "En Brasil nací, crecí, pasé mi infancia, mi adolescencia, tengo ahí a mi familia, a mis dos hijos, pero Portugal me lo ha dado todo. Adoro este país y me siento portugués". El destino le hizo debutar contra Brasil y marcar el gol de una victoria que hacía 37 años que no se producía. Ese día cambió su vida. Figo y Rui Costa, que en un principio se opusieron a su nacionalización, se reunieron con él y, resignados, terminaron aceptándolo. Tras un largo viaje, Maradoninha había triunfado.




 

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