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  13 de Octubre de 2008     Edición de las 18:49 h.  


 
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Lunes, 21 de Junio de 2004 a las 11:02
• La vida de Joan Laporta ha sufrido un cambio radical en el que la ilusión ha convivido con el miedo por el acoso de los violentos
Doce meses al límite en nombre del Barça


MARCOS LÓPEZ / DAVID TORRAS
 Foto: Jordi Cotrina

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"Si quieres, lo dejamos". La voz, siempre entusiasta y firme, de Joan Laporta sonó grave y seria en ese momento. Como su mirada. Aquella mañana de noviembre, Constanza Echevarría, su esposa, supo enseguida que no hablaba por hablar. Era un asunto trascendental. Como cada día, el presidente del Barça se había levantado para acompañar a sus tres hijos (Pol, Guillem y Joan) al colegio, pero ese día leyó su propio nombre en el centro de una diana.
Fue el punto culminante de una serie de amenazas de un grupo de violentos relacionados con los Boixos Nois. Fue también el principio de una pesadilla que acabó dejando al descubierto una turbia trama, investigada por la justicia, diseñada para echarle cuando apenas llevaba cinco meses en el cargo. En la conversación con Constanza, tras intentar asimilar que le estaban amenazando de muerte, el presidente sintió miedo. Miedo por los suyos. Y pensó que ni siquiera el Barça merecía ese sacrificio.
"Debemos tener el coraje de superar estas cosas", le dijo su mujer. Y entre los dos decidieron que iban a seguir adelante, que no podían permitir que nadie les cambiara la vida, aunque en el fondo ya nada es como antes. Aún hoy, Laporta no ha superado estas cosas. Él, que siempre presume de tener coraje, no ha encontrado la fuerza para enterrar un episodio que sigue dando coletazos. "Esto no va en el cargo", se lamenta el presidente. "Es una cuestión que me cuesta mucho de entender. Lo único que quiero es que mi familia esté fuera de peligro", dice cuando se le preguntan por estas cosas, aunque no le gusta hablar de ello y nunca acaba de decir todo lo que realmente lleva dentro.
No comprende Laporta que le hayan obligado a cambiar tanto su vida. Ni siquiera él imaginaba que pudiera ser así: "No lo entiendo, la verdad es que no lo entiendo". Antes iba solo por Barcelona. Ahora hay dos personas que no se separan ni un milímetro de él. Son una pareja de escoltas que vigilan por su seguridad. Vaya donde vaya. Se levante a la hora que se levante y se acueste a la hora que sea. Antes era una persona normal, un abogado muy conocido en el entorno azulgrana por ser uno de los promotores de la plataforma del Elefant Blau. Pero nada más.
Ahora, con 41 años, es el presidente del Barça. Un personaje imprescindible en la vida de la ciudad. Tan mediático como Ronaldinho, con una agenda de locos, incapaz de dormir más de cinco horas seguidas, con casi 1.000 actos oficiales contabilizados en 12 meses, sin contar, por supuesto, las reuniones privadas en las que participa.

Ni un resfriado
Esta semana, en la que conmemoraba el primer aniversario en el palco, el presidente ha tenido, según recoge su agenda, 32 actos. Y no ha sido de las más frenéticas. Ni mucho menos. De vez en cuando Laporta pierde la voz, pero no ha cogido ni un inoportuno resfriado. Aunque sí ha tenido que defender cosas en las que no creía, como cuando supo que Óscar López y Motta aprovechaban las horas muertas en la concentración acosando telefónicamente a una chica, con llamadas y mensajes, lo que le ha costado a Óscar López que el juez le haya condenado a una multa de 2.400 euros y a indemnizar a la joven con otros 6.000 euros.
Pero todo eso forma parte de la mochila que imaginaba cuando consumó la victoria del cambio con un grupo de directivos, algunos de los cuales ni se conocían entre ellos. Y en tres meses provocó la ruptura en el histórico conservadurismo culé. Lo que no esperaba Laporta era vivir tan angustiado. "¿Qué he pensado cuando he abierto EL PERIÓDICO y he visto que un error del juez había permitido la excarcelación de los radicales? Pues, me he asustado", confesó el pasado lunes en Catalu-
nya Ràdio tras conocer el fallo judicial que deja en libertad a la gente que hablaba de "darle una paliza".

Problemas con el cinturón
Aunque la sonrisa que ha exhibido todo un año lo oculte, Laporta ha estado asustado. Esa sonrisa también la utiliza para disimular el desgaste físico y psicológico que ha sufrido. Es evidente que está más gordo. "No piso el gimnasio, me voy a borrar", dice sin querer confesar los kilos que ha ganado siendo presidente. "Un agujero más del cinturón", bromea, empeñado en cuidar su imagen. También ha ganado canas.
El invierno fue durísimo. Duro porque Frank Rijkaard no sabía dónde estaba y porque los Boixos Nois le acosaban. Duro porque hubo un día en que el técnico estuvo con un pie y medio fuera del Camp Nou. Tenso porque Laporta y la nueva junta descubrieron que el fútbol no tiene nada que ver con sus negocios. Complicado porque la convivencia no fue tan fácil como pensaban en la campaña electoral, cuando todo era entusiasmo, cuando todos remaban en la misma dirección, cuando nadie quería más protagonismo que el de al lado. A pesar de que la sonrisa de Laporta indicara lo contrario, hubo malos rollos en el palco.
Luchas de poder y conflictos de intereses, todavía no resueltos definitivamente, en una junta que no ha sido nunca homogénea. Si no lo fue en su gestación, porque proceden de tres grupos distintos --la gente del Elefant Blau, los pinyolets y Sandro Rosell y sus amigos--, por qué debía serlo ahora, sometidos todos a la crítica diaria, algo a lo que no están acostumbrados. Ni se acostumbrarán. La crítica no es bien recibida por algunos miembros de la junta. Tampoco a Laporta le gustan los reproches y, a menudo, le cuesta encajar según qué comentarios. Tanto los que llegan de fuera como algunos de quienes están a su lado.

Renegociar el aval
Su peculiar relación con Cruyff, por ejemplo, ha sido motivo de divergencias al desoír las recomendaciones de que mantuviera las distancias. Pero Laporta no es de los que cambia de opinión con facilidad. Siempre intenta salirse con la suya. El caso Valero Rivera es un buen ejemplo. Todo empezó con una decisión personal --"una gasparada", según alguno de sus allegados--, que comunicó a los directivos cuando ya no había marcha atrás, y que ha tenido que ir reconduciendo con decisiones contradictorias.
La convivencia ha producido un creciente desgaste en el grupo y algunas divisiones se han acentuado hasta rozar la crisis. También se ha producido la incorporación de dos nuevos directivos, Alejandro Echevarría y Xavier Faus. El primero, el cuñado del presidente, y cuyas convicciones políticas están muy lejos de la corriente catalanista que domina en el grupo, trabajó en el club durante meses a la sombra, reorganizando los temas de seguridad. El segundo ha sido el responsable de la renegociación a la baja de la condiciones económicas del aval de 25 millones de euros (4.160 millones de pesetas) que se reparten los directivos.

La opción Gratacòs
Ese desgaste también vino provocado por la patética trayectoria del equipo y que llevó al propio Laporta a plantearse la destitución de Rijkaard. Pero aguantó, en contra de otros directivos. Hubo quien abogó por sentar a Gratacòs, el técnico del filial, en el banquillo del Camp Nou hasta el final de la temporada y, después, elegir sustituto. Luiz Felipe Scolari, el seleccionador de Portugal, era el recomendado por Sandro Rosell.
Pero al final aguantaron porque prescindir de Rijkaard era asumir el primer gran fracaso de su proyecto. El duro invierno trajo una primavera floreciente para el equipo, tanto por la reacción en la Liga (estaba en el puesto número 12 y acabó segundo) como por el galáctico desplome del Madrid. La mágica figura de Ronaldinho acabó borrando los malos recuerdos y dejando al Barça por encima de lo que el propio club esperaba.
Pero el presidente sigue sin estar tranquilo. Se ha mudado de casa --ya no vive en Barcelona, en aquel piso que los Boixos ensuciaron el pasado otoño con dianas y amenazas-- y vive incluso más deprisa que antes. "No he tenido ni tiempo de mirar hacia atrás", suele repetir. Pues en un año han pasado muchas cosas. El club, de la mano de Ferran Soriano, el dueño de las llaves de la caja, está a punto de lograr una de las claves del círculo virtuoso: el déficit cero. Las secciones han dado títulos y el fútbol ha terminado segundo. Es la mejor clasificación de los últimos cuatro años. El Camp Nou ha recuperado la ilusión perdida y los culés, el orgullo de serlo. Pero el Barça sigue sin ganar títulos. Laporta pidió 1.000 días de gracia, pero sabe que no los tendrá. En el Camp Nou, con un año basta. Y se acabó.


 

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