Jueves, 8 de Enero de 2004 a las 10:54
• Medio año después de ganar las elecciones, Laporta se enfrenta a una complicada situación que cuestiona el proyecto deportivo El Barça, en su laberinto
MARCOS LÓPEZ // DAVID TORRAS
|
|
 |
| Foto: Jordi Cotrina
|
|
|
|
PUBLICIDAD
El Barça del cambio, el Barça de Laporta, el Barça de Ronaldinho, el nuevo Barça se parece cada día más al Barça de antes. Como si fuera víctima de un hechizo que le impide deshacerse del sufrimiento y del fracaso, el Barça está donde estaba. Ni siquiera la sensación de que el club es mejor en algunos aspectos basta para compensar el desencanto que provoca la profunda crisis deportiva que vive el equipo de fútbol, el máximo exponente de todos los males.
Laporta se enfrenta a una situación que antes sufrieron Núñez, Gaspart y Reyna. Rijkaard empieza a escuchar el siseo de desconfianza que también oyeron Van Gaal, Serra Ferrer, Rexach y, en menor medida, Antic, el único que no salió muy malparado del banquillo. A pesar de los cambios, la plantilla sigue inmersa en la dinámica perdedora que le ha dejado cuatro años en blanco. Condicionado por la falta de liquidez, la salida de este laberinto no resulta fácil.
EL PRESIDENTE
Comprometido con el técnico y crítico con los jugadores
"Laporta, gástate la pasta y ficha a Henry", le soltó un aficionado al presidente del Barcelona en el aeropuerto de Santander el domingo por la noche, sólo una hora después de que el Racing ridiculizara al equipo de Rijkaard. Laporta, que iba camino del avión protegido por guardias civiles y sepultado por decenas de seguidores, difícilmente pudo oír esa súplica. Bastante tenía con cruzar el control de seguridad para ganar un poco de espacio y regresar a casa para digerir su primera gran crisis.
"Está tocado, claro que está tocado", cuentan los directivos que están a su lado. Es normal. Para empezar, Laporta sabe que no tiene el dinero necesario para fichar a Henry. Y sabe, además, que no todos los problemas del equipo se arreglarían con el fichaje del delantero francés del Arsenal, por lo que se enfrenta al momento más delicado de su breve mandato.
Legitimado como está por las urnas --no existe en la historia del club un presidente que haya obtenido un respaldo tan masivo--, Laporta debe gestionar una situación adversa. "Ahora toca aguantar lo que caiga. No hay más", susurran los directivos, atrapados por una crisis que no imaginaban ni en el peor de sus planes iniciales de la campaña electoral. Laporta tampoco pensó volver de un partido de Liga en enero y toparse con un socio, vestido con la camiseta de Puyol, en el aeropuerto de El Prat mostrando una pancarta en la que denunciaba que sentía vergüenza.
Viaje al pasado
Casi siete meses después de acceder al palco, Laporta descubre lo que nunca imaginó, y siente el mismo sonrojo que sus antecesores en el palco. Ese viaje al pasado del actual presidente tiene un nexo común con las otras crisis: el equipo no chuta. Y el proyecto se resquebraja. Con el marcador en contra, corre el peligro de que la ilusión creada por la idea del cambio se disipe con la misma rapidez con la que surgió.
Laporta intenta aguantar la primera tormenta seria protegiendo a Rijkaard y acusando, como pocas veces se había visto, a los jugadores de falta de mentalidad y poco compromiso. Defiende el presidente al técnico porque cuestionar al holandés sería admitir el primer fracaso y también porque sus mayores dudas se centran en una plantilla que, pese a los siete fichajes, no reconoce como suya. Laporta lo defiende porque sabe que algo tiene que hacer, aunque no pueda traerse este invierno a Henry. Lo defiende porque no le queda otra salida. Por ahora.
EL ENTRENADOR
Contradicciones en el campo y cambios en el trato a la plantilla
Estaban la semana pasada los niños alegremente jugando con Ronaldinho, y los demás jugadores del Barça en el césped del Miniestadi, cuando un serio y taciturno Frank Rijkaard paseaba ajeno al alboroto festivo de la mañana. Acababa de llegar de las vacaciones navideñas y ya estaba serio, temiendo lo peor. Porque, aunque se piense lo contrario, Rijkaard no ha tardado ni dos meses en conocer el entorno. Y la materia prima que tiene a su disposición. El técnico, que ha utilizado a 25 jugadores en 18 partidos de Liga, ha hecho numerosas pruebas en un desesperado intento por encontrar un equipo fiable. No lo ha logrado.
El holandés empezó con extremos, pero pronto los quitó. Arrancó con los veteranos, hasta que éstos desfallecieron. Jugó con tridente, y le duró un par de semanas. Después, apostó descaradamente por los fichajes, pero tuvo que volver a la vieja guardia. Y, al final, ha terminado poniéndose en manos de los jóvenes (Andrés Iniesta y Sergio García), de los que siempre dijo que había que proteger. Mil y una vueltas para hallar algún día la salida correcta del laberinto del Camp Nou. Para completar ese lío táctico, Rijkaard metió la mano en la portería y creó un problema que no existía al quitar a Víctor Valdés, una apuesta personal suya, para colocar a Rustu. El mayor reproche que le se puede formular al holandés es que el Barça no ha sido reconocible. De tanto cambiarle la cara al equipo, desde el guardameta al extremo izquierdo (sólo Van Bronckhorst y Ronaldinho se han librado de ese carrusel), ha perdido todos sus rasgos. Si es que los tuvo.
Las denuncias de Rijkaard
A su manera, sin estridencias y sin gritos, Rijkaard ha ido denunciando los problemas. Se quejó de una falta de liderazgo, insinuó que el equipo cometía errores básicos, impropios de jugadores de élite, acusó a los delanteros de poca eficacia y descubrió que su carácter pausado transmite una imagen tibia a la afición, como si fuera permeable a todo lo que le dicen. Desde dentro del club y desde fuera. Por todo eso, Rijkaard se ha hartado de insinuar y susurrar. Y destapó ayer los problemas que sacuden al vestuario desde hace bastante tiempo para que se viera todo lo malo: jugadores que salen de noche, ganen o pierdan, y que dirige un equipo que no tiene equilibrio.