Lunes, 1 de Diciembre de 2003 a las 9:59
Ronaldinho pasará hoy una prueba para saber si puede reaparecer contra el Madrid Ronaldinho, loco por salir de la enfermería
Marcos López
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Ronaldinho tras lesionarse Foto: Jordi Cotrina
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El círculo virtuoso no gira. Y Ronaldinho, corroído por la ansiedad, se desesperó anoche en el Camp Nou. Primero tomó asiento con un amigo en la grada, en el palco de honor reservado a los futbolistas. Y a sus amigos y a los patrocinadores oficiales del club. Pero en la segunda mitad, el motor que mueve el círculo, el alma del Barça, el ángel de la guarda de Laporta y su gente, se cansó pronto de tan selecto lugar (apenas duró 45 minutos) y bajó apresuradamente al césped para estar lo más cerca posible de sus compañeros. Tan cerca y tan lejos, porque una herida de cinco centímetros en su pierna derecha ha roto el corazón del Camp Nou y le margina al espacio reservado para los fotógrafos. O el que ocupa también la policía. O, para ser más exactos, a ser un espectador.
"Preferiría tener una semana más", afirmó ayer Jordi Ardèvol, el jefe de los servicios médicos del Barça. Más que una frase, capturada por los micrófonos, mientras el brasileño se consumía por los nervios, era una súplica. Y no sólo de los médicos, sino de todo el barcelonismo, que cruza los dedos y no dudaría incluso en apelar al más allá para esperar un milagro. Porque así podría ser considerado que Ronaldinho apareciera el sábado por el túnel de vestuarios para medirse al Madrid. Dijeron los médicos cuando su pierna derecha se rasgó frente al Betis que cinco centímetros equivalían a cinco semanas de baja.
Y hoy, cuando los galácticos preparan sus maletas para viajar a Barcelona, se inicia la cuarta semana de la recuperación. Lo que no dijeron los médicos, pero temieron todos, es que esos cinco centímetros trajeran tan graves secuelas. De momento, cinco puntos perdidos (tres contra el Villarreal y dos ayer) y la sensación de que el Barça se atasca. Cuando no está Ronaldinho, la vida resulta mucho más dura para Rijkaard, Laporta y, sobre todo, para sus compañeros, por lo que el equipo adquiere un aire melancólico y depresivo. Cuando él juega es como si se iluminara el estadio y, cegados por una fe religiosa en su fútbol, se arremolinara una multitud, convencida de que asiste a una fiesta. Pero cuando el brasileño se sienta en el césped, a la derecha del banquillo del Valladolid, el Camp Nou entristece.
Una semana más piden los médicos para que cicatrice la lesión muscular de la estrella. Una semana más que no existe. Si juega el sábado, habrá ganado una batalla al calendario, pero igual pierde la guerra. Hoy pasará una prueba médica para saber si los cinco centímetros del bíceps femoral de la pierna derecha han recobrado ya su aspecto habitual. "No puedo forzar su recuperación, cada lesión necesita su tiempo", dijo Rijkaard, que se reunirá hoy con los médicos y el futbolista, después de que éste pase por la clínica, para decidir si juega el sábado.
Cada lesión necesita su tiempo, eso es cierto. Pero tampoco es menos cierto que el Barça de Laporta y Rijkaard necesita tener a Ronaldinho. Es el aire que le hace respirar, la sangre que bombea su corazón. No sólo por su fútbol --marca goles, inventa pases y trabaja como un gregario-- sino porque es el único galáctico que no tiene el Madrid. Y cuando él, lesionado y roto, mira los partidos desde la hierba, da la sensación de que el Barça se arrodilla, impotente y huérfano.