Lunes, 13 de Octubre de 2003 a las 10:21
• Dani, Bonano y Enke se entrenan en solitario con la esperanza de dejar el club en diciembre cuando se reabra el mercado Parados de lujo en La Masía
MARCOS LÓPEZ
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Robert Enke Foto: Jordi Cotrina
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"Venga, Paco, como si tú fueras Ayala". La venerable y cómplice voz de Àngel Mur, el masajista del Barça, resuena en La Masía. Una mañana en la que en el campo de entrenamiento sólo hay cinco personas pisando el césped: tres futbolistas o, mejor dicho, tres futbolistas parados y dos auxiliares del Barça. Paco no es ningún jugador. Ni por supuesto tiene nada que ver con el argentino Ayala, el experto central del Valencia.
Paco es Paco Seirulo, el preparador físico azulgrana, el improvisado defensa que intenta frenar las incursiones de Dani, el delantero centro que, por varias razones, nunca ha llegado a ejercer su profesión en el Camp Nou. Bajo los palos está el meta argentino Roberto Bonano y quien centra los balones desde la banda izquierda, como si fuera un extremo, es otro portero: el alemán Robert Enke. Tres jugadores profesionales que siguen perteneciendo al Barcelona, a pesar de que no tengan ficha ni tampoco dorsal. Están, pero no están. Los tres se tenían que haber ido este verano del Camp Nou y no se fueron.
O sí. Alguno, como Enke, se fue a Turquía y volvió al cabo de una semana. A otro, como Dani, llevan más tres años empujándole para que deje el vestuario, pero él ni se mueve. Y Bonano, en cambio, quería irse, pero nadie le vino a buscar. Ahí están los tres parados entrenándose por la mañana o por la tarde --en función del primer equipo porque nunca pueden coincidir sobre el césped-- sin mayor esperanza que aguardar la llegada de diciembre, el mes en el que se reabre el mercado. Porque entonces igual se van. O, quizá, no.
A Bonano siempre le ha gustado escribir. Sea un cuento o un relato, aunque igual tendría mucho más éxito si se dedicara a escribir una novela sobre el fútbol. No sería necesario que fuera de ciencia ficción ni tampoco que fuera muy lejos a buscar el argumento. Lo tiene en casa. Él mismo sería el protagonista. Él y sus circunstancias. El fútbol, según Bonano. Hace poco más de un año, era el tercer portero de Argentina en el Mundial de Corea y Japón. Estaba en la élite y la adrenalina, propia de los grandes acontecimientos, recorría su estómago cada semana.
Hace pocos meses jugaba en el Bernabéu contra la galaxia y disputaba unos cuartos de final de la Liga de Campeones frente a la Juventus, teniendo a más de 100.000 personas por testigo. Ahora, no lo mira nadie, ni siquiera en los entrenamientos. Por no haber, no hay ni cámaras de televisión ni periodistas. "Me siento vacío", dice Bonano cuando le preguntan por su estado de ánimo.
La cáscara del argentino
Pero nada es comparable a la profunda angustia que sufrió al cerrarse el mercado de fichajes el pasado 31 de agosto. Entonces, el argentino tuvo la certeza de que había dejado de ser un futbolista profesional y se asomó a un mundo tan desconocido como peligroso. El primer mes en la lista de desempleados no lo olvidará jamás Bonano. Se sentía asfixiado. Sin ganas de hacer nada. Agobiado y enjaulado porque la profesión que había tenido en la última década se había esfumado. "Ahora ya se me ha hecho la cáscara", cuenta el argentino, que llegó en el 2001 cuando el Barça iba a pagar 30 millones de euros (5.000 millones de pesetas) para fichar al italiano Toldo. Y, al final, trajo gratis a Bonano.
La cáscara es la cicatriz. Y la cicatriz ha tardado varias semanas en tapar la herida, entre otras cosas porque sólo un club --el Murcia-- llamó preguntando por él. Hasta el Barcelona entendió que era imposible que Bonano se fuera porque le ofrecían sólo el 20% de lo que cobra ahora sin pisar siquiera el césped. "Me quiero ir como sea", dice como un grito que le sale del alma cada vez que comparece ante la prensa. No le gusta salir mucho, eso es cierto. Y tiene una frase para justificar ese voluntario silencio. "Yo tampoco hice nada por Dutruel cuando llegué". Cuando Bonano apareció en el Barça, estaba el meta francés en la grada, descartado y sin dorsal, igual que él ahora, y nadie movió un dedo por su futuro. Tampoco Bonano.
Aprender inglés
Por eso, cuida mucho sus palabras para no herir a nadie. Porque hace un año no tenía tiempo para nada entre viajes, concentraciones y fútbol. Y ahora lo que le sobra es tiempo para todo. Tiempo para estudiar inglés, para intentar acabar su carrera de Empresariales, para cuidar de sus dos hijas y, sobre todo, para ver más fútbol que nunca por televisión. Pero ya no tiene aquella excitante adrenalina que le alimentaba los fines de semana.
Es Bonano, aunque le cueste asumirlo, un parado, al que no le quedan ni ganas de ir al Camp Nou. ¿Para qué? No sería bien recibido ni tampoco bien visto. Es Bonano, la estrella invitada en un cuento que habla sobre el olvido en el fútbol.
Dani, el único delantero centro que ha fichado el Barcelona en los cinco últimos años, guarda en su casa todo lo que se escribe de él. No es nada nuevo o insólito que un futbolista conserve todos los recortes de prensa. Lo curioso es que Dani guarda, con especial atención, todo lo negativo que se ha escrito en el último lustro sobre su persona.
El álbum, muy a su pesar, es cada día más grande sepultando las buenas noticias. Hace ya demasiado tiempo que dejó de ser un futbolista para convertirse en todo un problema. Incluso hasta para él mismo. Dani vino al Camp Nou en 1999 adelantándose a Roy Makaay (entonces en el Tenerife). Fue una apuesta personal de Núñez, que logró la proeza de convencer a Van Gaal de que no cabían más holandeses. Dani no sólo hizo historia por ese detalle sino por ser el primer jugador español que fichó Van Gaal, pagando 15 millones de euros de aquella época al Mallorca (2.500 millones de pesetas). Y ahora es aún mucho más histórico. Desde 1999, el Barça no ha fichado otro delantero centro.
Disparando a la pared
El goleador nunca ejerció como tal. Y ahora, ha vuelto a rozar la historia al valorar la junta de Laporta la posibilidad de despedirlo, harta de un futbolista que no se va ni a patadas del club. De momento, sigue en el Camp Nou. O para ser más exactos, en La Masía. Allí, cualquiera que se acerque, verá a un espectro regateando al aire o disparando contra la pared. "¿Oye, tú todavía juegas en el Barça?", le pregunta la gente a Dani cuando le ve por la calle.
En realidad, lo han visto más en la calle que en el campo. Pudo haber sido el delantero centro del Celta, Racing o el Valencia, pero no se fue. A punto de cumplir 29 años, se enfrenta al declive. "No hay mayor castigo que estar así, sin dorsal y sin posibilidad de jugar", dice Dani, el hombre que en dos semanas lo perdió todo. Ocurrió en el año 2000. Venía de marcar 16 goles durante la primera etapa de Van Gaal. Luego, fue pichichi de la pretemporada con Serra Ferrer, pero éste se enteró de que tenía graves problemas personales. Y entonces, según Dani, se inició su inacabable viaje a la depresión.
Todavía hoy, un año después de su llegada, resulta un misterio su fichaje. Vino Enke, un anónimo portero alemán que fue capitán del Benfica, al Barça. Y nadie sabe cómo fue. Si alguien le preguntaba a Van Gaal, el entonces técnico azulgrana, tenía siempre la misma respuesta: "Ha sido recomendado por Hoek", explicaba aludiendo al entrenador de porteros que tuvo el club en los seis últimos años. Van Gaal no tenía ni idea de quién era Enke. Tampoco Hoek. Él alegaba que su apuesta era el uruguayo Fabián Carini, de la Juventus.
La triste noche de Novelda
Y así, mientras unos y otros se lavaban las manos sobre un fichaje fantasma, resulta casi imposible descubrir quién trajo a Enke al Camp Nou. Ha estado en el Barça y ahí están las fotos como prueba, pero se le puede considerar, visto su pobre rendimiento, como un portero invisible. Jugó 20 minutos en la Liga, un inolvidable partido de Copa en Novelda --Frank de Boer no dudó en culparle públicamente de la eliminación--, dos de la Liga de Campeones y se acabó. Enke comprendió que debía irse.
No dudó apenas en aceptar en agosto una oferta del Fenerbahçe turco para irse cedido un año. Duró una semana. Jugó un partido, encajó tres goles, pidió la rescisión del contrato y aquí está, sin cobrar ni un euro, entrenando en La Masía, con Mur y Seirulo.